El proyecto personal

Ciudad, Hombre, Persona, Solo, Ventana

El descubrimiento de lo que uno quiere ser en la vida es diferente en cada persona.  Mientras algunos refieren su dificultad siempre azarosa y dubitativa, otros hablan de un proceso gradual en la que la familia o la universidad les ayudó a encontrarse con menos sufrimiento.  Son pocos, me parece, los de conocimiento infuso y sobrenatural cuyo proyecto estuvo marcado por una especie de destino.

La normalidad es la regla, esto es, el itinerario progresivo por hallar el propio camino.  No es fácil.  Pienso por ejemplo en la toma de conciencia y posterior decisión extrema de un santo Tomás de Aquino que tuvo que fugarse de la Abadía de Monte Casino para convertirse en religioso de la orden de Santo Domingo.  Los biógrafos dicen que estuvo encerrado en ese lugar desde los cinco años (de 1230 a 1239), antes de saltarse los muros con ayuda de buenos amigos.

Ni qué decir de Lutero que contra la decisión de su padre que lo imaginaba funcionario público, exitoso profesional del derecho, decidió abruptamente entrar en el monasterio agustino de Erfurt el 17 de julio de 1505.  Los historiadores indican que la decisión fue motivada por temores y escrúpulos de conciencia, pero es más probable que el reformador estuviera animado por razones más allá de esas ficciones literarias.

En lo que a mí respecta, carente de un padre dictador, no tuve demasiado infortunio.  Solo dos cosas quise ser, beisbolista y cura.  Lo primero, hasta los 10 años; lo segundo, hasta los 26.  Y ya ve (es fácil atestiguarlo) que nada de eso me ocurrió.  Hice el itinerario correspondiente, pero la sinuosidad de la vida, la naturaleza y hasta lo que ficcionalmente algunos llaman soplo del espíritu, hizo que las aguas siguieran su cauce arbitrario.

Así es, “el hombre pone y Dios dispone”.  Pero no hay que resignarse a que sea la Providencia quien cumpla su dictado.  En esto hay que ser ateo y determinarse por la voluntad propia.  Pensar en qué se es bueno, qué necesita la sociedad y las posibilidades de ingreso (jamás olvidar lo pecuniario).  Los jóvenes tienen que decidirse con miras no solo en el lucro, sino según las posibilidades de vida feliz.

No es fácil (perdón por repetirlo).  Algunos quizá quisieran un llamado conforme patrones bíblicos, tipo Moisés o Jonás, pero eso no es realista (lo doy por descartado).  Encontrar el camino personal exige reflexión y cierta dosis de sabiduría.  A veces es oportuno incluso el consejo de los viejos: maestros, padres y consejeros.  Es tan seria la decisión que no es prudente dejarlo al azar.

Por lo demás, tampoco debemos hacer drama.  Si lo decidido no funciona, aún se puede cambiar.  También a los 26 años se puede emprender una nueva vida y hasta ser feliz.  Eso sí, no hay que esperar tanto tiempo.  Conviene hacer cálculos y caminar con valor.  Ya Dios, la suerte, el destino o el Logos … llámele como quiera, irá dictaminando lo suyo.  Afuera los miedos, proceda según su instinto.

Publicado por Eduardo Blandón

Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo.

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