El deterioro de lo humano

Hace muchos años, los filósofos de la Escuela de Fráncfort advirtieron una suerte de retroceso de la sociedad contemporánea, producto de la reducción de la capacidad crítica que abocaba al individuo al consumo. El hombre unidimensional, de Herbert Marcuse, caracterizaba ese pathos que, con los años, se ha vuelto parte constitutiva del ADN de nuestra época.

Ellos lo vieron venir. Nueve años antes de la obra de Marcuse, Erich Fromm hizo una especie de diagnóstico de la sociedad capitalista en su libro The Sane Society, que en español se tradujo como Psicoanálisis de la sociedad contemporánea, pero que en francés se acercaba más a la intención original de su autor: Société aliénée et société saine.

La obra afirma que no solo el individuo puede estar enfermo, sino la sociedad misma. Y así lo sugiere en su exposición cuando establece que una sociedad como la de su tiempo, interesada exclusivamente en lo material, en la técnica y en la producción, solo puede generar sujetos tocados mentalmente, insanos, rebajando así la aspiración a una vida plena.

Marcuse murió en 1979; Fromm, en 1980. Ninguno alcanzó a ver el carácter profético de su obra: el deterioro monumental de lo humano. Un proceso que ha tardado poco en verificarse, no solo por el empobrecimiento intelectual debido a las distracciones de la tecnología, sino por la capitulación del pensamiento por pereza, esa modorra existencial o congénita que ahora se ha expandido por las comodidades en algunos grupos humanos.

Todo ha caído como anillo al dedo para la destrucción de lo humano. Primero, por ciertas filosofías que decidieron renunciar a cualquier otro plano que no fuera el de lo inmanente. Así, condenados a la finitud y reducidos a eso que llamaban los latinos el aquí y el ahora (el hic et nunc), lo provisorio es nuestra insignia, la determinación de una imposibilidad que hay que asumir y que deja poco o ningún espacio a la ilusión o a la esperanza (como categoría ahora nostálgica de las doctrinas religiosas del pasado).

Hay que agregar a la ecuación el establecimiento de una narrativa que, en ausencia de «lo invisible», ha asentado una visión pragmatista, utilitaria y acomodaticia. Un mundo que desconoce aquello que constituye la dignidad del ser humano. En vez de ello, se le rebaja a cosa, como si lo suyo fuera el uso y la manipulación —como cualquier objeto—.

En ese estado, que no puede ser otro que el retorno a su condición lupina, el hombre salvaje hobbesiano, no caben sino la competencia, el interés propio, la violencia y, finalmente, la muerte. Por ello, las sociedades contemporáneas reclaman el imperativo de la seguridad de su vida, en detrimento de un conjunto de valores que no son menos importantes: la libertad, la tolerancia y la fraternidad, como la llamaba el papa Francisco en Fratelli tutti, del año 2020.

Ese hombre unidimensional, del que se habló primero, es ubicuo. Su caja de resonancia son las redes sociales, el poder de la propaganda y las formas de control utilizadas con pocos límites. La homogeneización del pensamiento es también resultado del deterioro del sistema educativo en todos sus niveles. Rebajar sus exigencias y renunciar a las humanidades han sido consecuencias de un discurso del que creíamos estar vacunados. Estamos a tiempo para un mea culpa.


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Publicado por Eduardo Blandón

Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo.

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