El oficio de padre

En la década de los noventa, el padre Luigi Mariotti, que en paz descanse, me enseñó una palabra de esas extrañas aún hoy para mis oídos: tribulación. Ni siquiera recuerdo el contexto, pero se la escuchaba con regularidad, quizá porque él mismo lo vivía en carne propia. Hablaba de las personas atribuladas, quienes sentían una suerte de pasión horrible en sus entrañas, sin dejarlas en paz.

En aquella época la palabra era solo un soplo de viento (un flatus vocis), como se remataba en latín cualquier conversación conventual. En la veintena de la vida las penas no se viven (hablo en general) en clave dantesca, casi como un drama que impide ser feliz. Sin embargo, no se me hacía difícil imaginar a las personas en un estado paralizante, sufriente, incapaces de ver una luz a causa de la miseria de las condiciones de la existencia.

Hoy tampoco llego a tanto, pero, si se trata de confesar, mis mayores tribulaciones han estado vinculadas a los afectos familiares. La pérdida de mi padre, las enfermedades, la economía de casa, pero sobre todo la educación de mis hijos. Aún hoy me recrimino los límites que no supe superar en mi función de papá cuando era una figura de referencia en la infancia de mis hijos.

Es esa sensación de no estar a la altura. Y no es por falta de formación, por ausencia de “escuela para padres”, sino por (usemos otra palabra en desuso) molicie. La voluntad que no sabe resolverse por debilidad o falta de fortaleza. Ese espíritu indolente dejado al arbitrio de las circunstancias o dominado por afectos (así llamados por cierta tradición) desordenados.

Porque, como la mayoría sabe, no es fácil ser buen padre. Lo de papá se da por descontado; los niños aprenden a decirlo rápido. Pero formar cada día —la presencia, la palabra, los buenos modales y el equilibrio—, esa es otra historia. Lo de proveedor solo es una parte importante; luego vienen el tiempo, el cariño, los abrazos, las miradas y tantas cosas convertidas en una perfecta utopía.

Atribula, diría Mariotti. Sí, tanto como el sentimiento de estar en deuda. Esas palabras dichas de más que se sabe hirieron y quizá serán parte de su vida hasta la tumba. Yo me las recrimino, me avergüenzan. Tanto como los castigos físicos infligidos, innecesarios por demás, violentos, causados por la frustración personal que ellos no debían sufrir porque no era su responsabilidad.

La perturbación, para usar una palabra que se le aproxime, es aún mayor cuando sé que repetirán (un poco más o menos) los patrones de crianza. Ser testigo, si vivo para entonces, de mis errores reproducidos en su manera de educar. Verme reflejado en la irracionalidad de conductas ciegas, dominadas por un monstruo sin conciencia, por personas que sin duda aman.

En fin, eso de amar no se nos da fácil. El famoso ordo amoris de san Agustín supone un proceso sinuoso, irregular y escabroso. Sufrido. Toca gestionar las tribulaciones y, al menos, reconocer lo torcido para enmendarlo cuando se puede. Quizá ya escribirlo sea un pequeño consuelo.


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Publicado por Eduardo Blandón

Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo.

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