Escribir o dejar de pensar

Escribir tiene muchos significados, y tratar de entenderlo da sentido al ejercicio, que no siempre es creativo ni original, pero sí necesario. Establecerlo como disposición metaliteraria ayuda a justificarlo, ofreciendo un conocimiento que lo sitúa en el ámbito de lo temporal. Esa provisoriedad de la escritura quizá sea su primer rasgo: la comprensión de que, casi como en todo, el producto tiene un valor aquí y ahora. El reconocimiento de que la pretensión de inmortalidad debería estar ausente, sin que se deslegitime su naturaleza misma.

Abrirse a una idea más amplia permite apreciar el esfuerzo de los que están en los márgenes de la literatura, esa actividad propia de los profesionales entregados a ella por una especie de vocación vivida. De esta manera, ni los contenidos ni los modos restarían plausibilidad a una actividad compartida respecto a sus propios fines.

Porque ¿qué quiere el autor sino ordenar el mundo? Escribir es estructurar un universo por sí mismo caótico o lleno de singularidades a las que hay que asignar categorías. Es una suerte de traducción ejecutada por un intérprete que lucha con los signos. Fijarlo es imprescindible y una actividad profundamente humana. Es justo lo que nos distingue de otras especies: la capacidad simbólica. Lo dijo en su momento Cassirer en su Antropología filosófica, al designarnos “animales simbólicos”.

Escribir, en consecuencia, es búsqueda de sentido, realizada desde la primera frase con que se sintetiza la realidad: una tarea irrenunciable, a veces inconsciente. Si es así, debemos defender la escritura y promoverla, porque renunciar a ella, evitarla o sustituirla —como se hace ahora con la inteligencia artificial— limita y expone a mediaciones sesgadas.

Si ya de por sí la cultura es una especie de alfabeto que se nos impone, la IA es un intento agregado, refinado y especializado que configura nuestra conducta. Esa amenaza a la autonomía del pensamiento siempre ha estado ahí. Lacan lo advertía ya en sus Écrits, cuando, partiendo de la expresión bíblica “En el principio era el Verbo”, daba a entender que el lenguaje (la palabra) nos preexiste.

Por ello, la función crítica que puede derivar de la escritura es un instrumento que favorece, con suerte, una visión renovada. Cuando desistimos esa actividad, sin embargo, permitimos narrativas que nos constituyen. Ya no es solo la servidumbre por la que nos abandonamos al poder y a la sumisión de ese Gran Otro, como dijera Lacan, sino también la renuncia a crecer desde el ejercicio de la autonomía que es propio de lo humano.

El juego de ideas que produce la escritura es un experimentum crucis que condiciona el desarrollo personal. No es poca cosa.


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Publicado por Eduardo Blandón

Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo.

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