El esplendor de la miseria

El columnista escribe sus textos como una suerte de acto ciego.  Desconoce a sus lectores, sus expectativas y sus intereses.  Todo es una disposición de fe.  La figuración de que el contenido será relevante y que, por ello, aprovechará a más de alguno.  Pocas cosas tienen más de metafísica que la escritura en general.

En ese estado de incerteza solo queda la invención de motivaciones.  Escribir para uno mismo.  Insistir en la valía del tiempo invertido por auto purificación, por la aclaración de ideas o por la regulación de ánimo.  Casi como una medicina para los trastornos personales.

Imaginar que el ejercicio se justifica por ser una actividad del espíritu.  ¡Qué pocos tienen la dicha del ocio productivo!  Miserable, hasta se finge singularidad, un escogido por los dioses, un profeta o un clérigo que pontifica sin sotana y pregona lo obvio.  En resumen un necio si fuera realmente tomado en cuenta.

Escribir es una apuesta al vacío, una presunción.  Autoengaño.  La afirmación de que el deseo de cambio en los textos es suficiente para trastocar la realidad.  Imaginarse dioses que con la palabra estructurada, enmarañada y artificiosa se estructura un mundo distinto.  Verificamos al milagrero oculto tras el ordenador.

El periodista que escribe con regularidad sus columnas es también un jugador.  Como niño impenitente se aísla, toma su pluma y se finge soldado.  Tras la apariencia de lucidez se esconde el general que dirige tropas para tomar ciudades e instaurar el orden.  Ya puesto en estado de guerra se erige en salvador, en juez inapelable y tirano cuando la situación lo demanda.

¿Qué quedaría de la escritura sin esa imaginación?  El columnista no ignora su onanismo autoestimulante, la soledad que llena con palabras, la aspiración por hacer digerible la vida.  No es una fábrica de babas.  Reconoce que lo suyo es apenas una semilla en tierra árida, el canto desafinado en oídos enfermos.  Intuye la fragilidad de su voz en medio del ruido cósmico.  Pero insiste.

Intentarlo, más allá del remedio redentor que supone la escritura, traduce la esperanza. Expresa la inocencia de quien afirma lo imposible.  La declaración contra la ortodoxia negadora del cambio.  El escribidor es un romántico, el enternecedor nostálgico de una realidad nunca existida y a la que, sin embargo, se quiere regresar.  En resumen, el utópata incontenible de textos ofrecidos a todos y a nadie.

Publicado por Eduardo Blandón

Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo.

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