Elogio del papel

La cosa más espantosa, es una hoja de papel en blanco.

Ernest Hemingway

Una hoja en blanco figura el infinito, es un proyecto silencioso de carácter seminal.  Humilde y sin pretensiones, esconde su valía fingiendo servidumbre.  Confunde su postración, su apariencia fatua y su rostro pálido.  Un folio inerte, llena de dudas también al escritor.

El horizonte de la hoja que asoma intransitable anula al profano, inhibe su potencia y lo vuelve yermo.  Por ello, asume lo infecundo no como responsabilidad propia, sino participada por la esterilidad del papel que lo retrotrae al advertir sus garabatos con tintas imperceptibles.

Una hoja en blanco es una dama que exige tiempo, ternura y paciencia.  No se regala ni se ofrece.  Se sabe pletórica, sin arrogancia; exuberante, con garbo.  Y si es pretenciosa es porque conoce su interior, estima la dádiva reservada a los espíritus pulcros, refinados y exquisitos.

Estéril sí, no germina con el rudo, el superficial o el precoz.  Su sexo es prolongado y agónico.  Pero da sus frutos, todos a la medida del creador.  Mientras eso llega, se deja transgredir, acepta el cortejo y las maneras creativas del arte amatorio.  Huye de lo mojigato en función de lo gestado, la generación de ideas modeladas para el intelecto.

Es una consorte que intimida.  Su vocación singular como vehículo de hazañas y portadora de simbolismos, la encumbran.  Ella es más que el fuego para la humanidad, es el receptáculo del logos, la matriz escogida por los dioses para trastocar el destino.

Sin ella, la arquitectura del mundo estaría fija.  Su ley, el proyecto pétreo gobernado por la maldad.  Contra esa permanencia, una hoja es profecía, anuncio, esperanza.  Representa la fantasía del espíritu libre, autónomo y rebelde.  La apertura que atisba lo divino cuando el relato encarna utopías.

Asumir la potencia humilde de una tabla, una hoja o un papel, no disminuye la primacía de la palabra.   La gloria de ese verbo primigenio (“En el principio era el Verbo…”) es su materialización, su afectación en la fragilidad de esa materia concebida para lo superior.  Aquí estriba su auténtica grandeza.

Publicado por Eduardo Blandón

Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: