Carta para Claudia

Querida Claudita, espero que mi carta la encuentre bien y, mi aparente lejanía, rayana en indiferencia, no la haga confundir respecto de mis sentimientos.  No es falta de cariño, solo que no puedo estar tan solícito como usted (y la verdad, cualquier persona en una auténtica relación) quisiera, debido a las responsabilidades que demandan mis compromisos.

Mi afecto por usted jamás ha estado comprometido. ¡Válgame Dios!  Lo atestiguan mis estudiantes que, obligados a mis frecuentes digresiones, han escuchado de “lo nuestro”.  Relatos que despiertan su curiosidad y que, quizá por vagabundería o chisme, me solicitan más amplia información.

He evitado caer en las pruebas, obligado por la virtud.  Cuido las circunstancias porque no quiero exponerla (o exponernos) a la maledicencia de los jóvenes.  Es preciso evitar las conjeturas, derivadas acaso de los silencios o insinuaciones, esparcidas en esas narraciones a veces también cursi.  Está a salvo, mi querida Claudita.

¿Sabe que no me creen los chicos que usted sea real?  Imaginan que les tomo el pelo o que tanto amor sea imposible.  Me confunden porque les he dado referencias concretas de su personalidad, edad, estatura, intereses, manías… una vez incluso les ofrecí su domicilio y profesión.  Nunca he llegado tan lejos.

Ya es famosa, amor mío.  Hemos alcanzado juntos lo que una pareja aspira en una relación de verdad: que uno evoque al otro.  Exactamente así.  He estado en circunstancias en que, por ejemplo, estudiantes ya convertidos en profesionales, de entrada al saludarme me han preguntado por usted: “¿Cómo está ‘su Claudita’?  Imagino que siguen juntos”.  Los muy pícaros no tendrán memoria de la filosofía, pero sí de su existencia.

Si se lo piensa bien, mi buena amada, podríamos escribir un libro sobre “lo nuestro”.  Desde su primera indiferencia, mi tenacidad de conquista, hasta su última capitulación al aceptarme.  Estuve a punto de tirar la toalla, su proverbial resistencia me puso entre las cuerdas.  De no haber sido por mi intuición, esa especie de corazonada que me descubre lo que vale, nada de esto habría sucedido. ¡Y vaya si no estuviera arrepentido!

Por fortuna cada uno tiene su destino y nosotros no nos hemos resistido a él.  Nos ha tocado ser felices sin la fatalidad desventurada de otros.  La compatibilidad de carácter, la aversión a las diferencias y la determinación de estar juntos desde la ficción han sido nuestra fortaleza.  Que nada de esto termine, Claudita.  Celebro su vida conmigo como mi regalo favorito.  Ya le escribiré de nuevo. No me olvide.

Publicado por Eduardo Blandón

Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo.

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