La ambivalencia de las redes

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El acceso a las redes ha sido desde su aparición un fenómeno maravilloso.  Nos ha facilitado la vida permitiendo la información y nos ha acercado a todos favoreciendo las relaciones.  Hoy es difícil imaginar una vida sin datos porque nos impediría avanzar en las distintas áreas de nuestro desarrollo personal.

Y, sin embargo, Internet ha sacado paradójicamente lo peor de nosotros.  Ya es un tópico la crítica en este sentido, de modo que los inventarios a veces son ilimitados en una realidad que no deja de ser estudiada.  Advertidos, mencionaré tres comportamientos que la red ha exacerbado, con el propósito, más allá de lo descriptivo, del examen privado para nuestro provecho.

En primer lugar, la crítica implacable de ánimo perverso.  Esa cloaca maledicente la puede encontrar en las redes sociales, principalmente en Twitter, lugar favorito de algunos para la descarga de odio.  Los sitios digitales se han convertido en espacios para la destrucción del honor por medio de la mentira, las insinuaciones y las calumnias.  Se elucubra con malas intenciones no solo para sacar las propias frustraciones, sino para comprometer el buen nombre y la reputación de quienes se rechaza visceralmente.

Por otro lado, nunca hemos sido quizá tan triviales como cuando se nos facilitó ingresar a la red.  Más allá de la mediocridad extendida y ubicua en los sitios visitados (piense en YouTube, por ejemplo, para no referirnos a TikTok), internet ha impuesto lo soso, lo plano y el humor primario y descerebrado que nos limita el pensamiento.  Así, tenemos una predisposición colosal hacia los memes y chistes virales que nos expone a un subdesarrollo mental nunca visto en la historia de la humanidad.

Idiotizados, vivimos al mismo tiempo en inestabilidad constante por las grandes preocupaciones de la red.  Ya sabe, la tragedia por el traspaso de Messi a otra liga, los problemas de la realeza europea y las dificultades del clan Kardashian por la candidatura de Caitlyn Jenner a gobernadora del Estado de California.  Somos tan listos, según nosotros, que hasta justificamos la frivolidad en nombre del amor al conocimiento que cultivamos muy imbéciles a diario.

A lo anterior, hay que agregar la hipersensibilidad sin límites.  Es paradójico, porque mientras a veces nuestra piel es paquidérmica, esto es, insensible al dolor ajeno, incapaces de empatizar, en otras ocasiones somos fáciles de alterar.  Muy fundamentalistas, aferrados a los principios, esos sacados de manuales para dummies, nos ofendemos con quienes piensan distinto.  Los anatemizamos, los excluimos de nuestro círculo y los maldecimos en el fuero interno.  Decididos a no soportar a quienes no opinan según nuestra miserable ortodoxia.

Es clara la ambivalencia de la red.  Queda, en consecuencia, estar atentos para no sucumbir en sus aguas y evitar la réplica de las malas conductas.  No solo se trata de usted, sino de los que están a su alrededor.  Va en la vía también de su salud psíquica y de los que lo rodean.  Sin duda un desafío que debemos enfrentar con buen ánimo y hasta con magnanimidad.

Publicado por Eduardo Blandón

Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo.

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