Ética de la cordura

Hombre Besando Una Cabeza De Yeso

Perder el juicio a causa del desbordamiento de las emociones es de lo más habitual en nuestros días, casi un rasgo conductual que nos define.  Los psicólogos dicen que es razonable lo padecido a causa de las circunstancias adversas de la pandemia.  ¡Qué duda cabe, lo nuestro es la inestabilidad permanente!

Vamos por la vida, últimamente de forma más acentuada, descuidando el respeto por nosotros mismos.  Ya no es solo que dejamos que se nos vulnere so pretexto de una posición que no queremos perder, sino asumiendo comportamientos falsos con tal de sobrevivir y salir adelante.  Como cuando se extiende gratuitamente una cultura del halago innecesario.

Seamos justos. No hago apología del “ninguneo”, tan frecuente también entre nosotros.  Ahora que lo pienso quizá sea lo opuesto al chaqueterismo al que me refiero.  Una ética mínima de la cordialidad exigiría el reconocimiento, no deberíamos ahorrarnos las felicitaciones para quienes lo merezcan.  Pero esto dista de la pompa mendaz que atribuye a costas del disimulo.

Entiendo las caídas particulares, claro.  Una emoción, el hábito que tiende a la exageración o simplemente el deseo de agradar y caer bien.  Pero me cuesta digerir las mentirillas deportivas de los que cada vez son más legión.  ¿Es miedo? ¿Inseguridad?  ¿Desmesura por ser aprobados? ¿Servilismo? ¿Aceptación inconsciente de falta de talento?  Quizá sea una mezcla de todo o algo más que se me escapa o no he podido captar.

No es fácil mantener la cordura.  Salir indemne de la crisis es propia de héroes.  La fortaleza de carácter se pone a prueba todos los días en un ambiente aderezado con egoísmos.   Sin embargo, hay que dar la lucha.  No debemos devaluarnos con timos a la descampada, porque el plumero se nos nota a lo lejos y no podemos engañar.  Más aún, no nos mintamos a nosotros mismos.

La tarea de construir un mundo humano exige un comportamiento crítico que haga la diferencia.  Amoldarnos es parte de la caída, propio de lo que somos, por ello es necesario ir más allá.  El reto es ajustarnos a criterios en los que prevalezca la generosidad sin fingimientos.  La propensión constante hacia la verdad desde el horizonte de la caridad.  Hacerlo impone un modelo que si no persuade al menos no hace daño a los demás.  Ya una moral contra la maledicencia exigiría reconocimiento y aceptación.  Vale la pena intentarlo.

Publicado por Eduardo Blandón

Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo.

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