La fortaleza que falta

Hombre, Tablero, Dibujo, Músculos, Fuerte, Débil, Tiza

Hace unos días fui testigo de la entereza de un colega de la universidad quien, en medio de un problema de salud familiar, en cumplimiento de su deber, nos convocó a una reunión de trabajo.  Su desánimo no le impidió por cerca de 45 minutos dirigir una sesión que quizá pudo postergar para tiempos mejores, pero que realizó con un estoicismo cada vez más extraño en nuestros tiempos.

La negación de sí mismos a veces no es tan habitual.  Se percibe cuando, por ejemplo, nos dejamos arrastrar por las conveniencias del momento y, frágiles, cedemos a las pasiones que nos producen deleite. La sensualidad es lo nuestro, el hedonismo que caracteriza los episodios de nuestra vida, en las relaciones, las comidas, el esparcimiento, los juegos, etc.

El consumismo es solo una de sus manifestaciones.  La desmesura es otra, la falta de equilibrio, los desajustes y quizá un poco la hipersensibilidad.  Muchos somos una suerte de vidrios en franco proceso de rompimiento. Poco menos que vasijas delicadas donde priva el “ver, pero no tocar”.  Así, nuestra generación parece condenada a la anemia de espíritu, esto es, a comunidades que viven para sí mismas, egoístas, pendientes de la satisfacción de sus propios deseos.

No es que falte coraje episódicamente.  Hay actos heroicos.  Pero el carácter social es afectado constantemente por el relato hedonista impuesto por la industria del espectáculo.  Así, se promueve la vida fácil y el ánimo de consumo.  Se exacerba no solo el hambre, sino la falta de escrúpulo para satisfacerlo.  Por ello cada vez son más complicados los límites.  Casi nadie quiere las privaciones de la moral porque asumimos estar más allá de ellas y porque es muy primitivo su cumplimiento.

¿Podemos revertir esa conducta?  Creería que sí.  La resiliencia puede aparecer si educamos a los pequeños al valor y la fuerza.  Debemos poner de moda la resistencia, la crítica y la comprensión del esfuerzo como estilo de vida.  Enseñar a privarnos de lo inmediato, renunciar a lo sucedáneo, aprender a concentrarnos en lo que tiene significado.  Salir de la lógica del mercado para encaminarnos por senderos en los que se enseñoree la vida, lo humano y lo que permita el desarrollo personal.

Si lo hacemos, actos como los del profesor no serían motivos de admiración.  Serían la norma en una sociedad, no digo estoica, pero sí capaz de proyectos auténticos que exijan lucha, determinación, sudor y lágrimas.  Al margen de nuestra realidad contemporánea: egoísta, atomizada y sin empatía con los demás. Vale la pena intentarlo.

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