Afinar las cuerdas

Mucho de lo que nos pasa ocurre por esa levedad que el título de Kundera nos invita a pensar: la vida condicionada por nuestra naturaleza, siempre así, frágil. Porque es difícil estar al nivel de «lo humano», esa categoría que, según se nos ha dicho, es a lo que debemos aspirar. Una suerte de estado no solo de crecimiento más o menos constante, con sus caídas, sino también de autodominio.

Tomarnos en serio implicaría una empresa diaria por ser mejores, aplicarnos disciplinadamente en un proyecto de autoperfección. Dinámica que comporta también evitar conductas que impiden el beneficio propio y el de los demás. Eso que nos hace lucir con baja catadura moral a causa del poco compromiso con nosotros mismos y de la finitud que es parte de lo que somos.

Así, como ha sostenido buena parte de la tradición filosófica, vivir es una especie de tarea, vigilia constante. Estar «despiertos», como el Buda, preocupados por lo que importa. Iluminados por esa luz que descubre el valor de las cosas en medio de tantas luces que, por falsas, nos distraen. Se trataría de sofisticar nuestros gustos, adquiriendo un carácter propio de sabios.

No el de los eruditos, sino el de aquellos que distinguen la paja del trigo. Eso que, por paradójico que sea, está al alcance de todos. El nivel más bien de los sencillos, de los que ven desde dentro, en una comprensión condicionada por el hábito de la reflexión. Una vida espiritual que no significa la profesión de una fe determinada, sino el ejercicio de interioridad que encontramos en san Agustín.

La educación puede abonar en la empresa humana, tanto como las familias, las religiones y la cultura en general. Sin embargo, nos puede más «la levedad»; por ello, «las caídas», más que la excepción, son la regla. La tendencia a la vulgaridad, el exhibicionismo y la molicie. La voluntad solazada en la poltronería, lo soso y lo desabrido. «Humanos, demasiado humanos», en el sentido básico de su comprensión.

Atendernos, en tanto que laborar en nosotros mismos, no es parte del egotismo contemporáneo, el del sujeto ingenuo que ama su reflejo: Narciso. El proyecto humano es sobre todo un regalo a los demás, es estar a la altura del amor debido a los otros. Afinamos las cuerdas porque queremos dar nuestras mejores notas; la música tiene sentido si es compartida.

Parece un discurso extraño, pero considerarlo ya es un acontecimiento. La simiente del desarrollo pleno, concepto que, aunque con visos metafísicos, es la tarea más importante de nuestra vida. Quizá podamos leer en esa dirección aquella frase latina, esto vir: sé hombre o, en el sentido que aquí nos importa, sé humano.


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Publicado por Eduardo Blandón

Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo.

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