«Las tecnologías contribuyen a influir y dar forma al pensamiento y a la acción humanas, e incluso influyen en la forma y la estructura de la sociedad misma».
Avril Loveless y Ben Williamson
Mi amigo Carlos, ese con quien comparto las redes a través de los muchos grupos en los que participo, es un ciudadano digital activo que frecuentemente me envía enlaces, fotografías y noticias de periódicos o blogs. Tiene noble corazón, sin embargo, es víctima de los bulos que multiplica por internet llenando buzones que contamina con su candidez y generosa intención.
Pienso en él y no lo culpo. Es parte de esa generación vetusta que ha debido aprender en el camino las buenas prácticas en el uso de la tecnología. La escuela no nos habilitó en ello (me incluyo), no existían Facebook, Instagram ni Twitter. Solo el sentido común nos ha hecho corregir algunos errores.
Y debe ser así. Tenemos que cultivar códigos de conducta que impidan, por ejemplo, difundir noticias falsas por estos medios. Practicarlo no es solo expresión de respeto a la verdad, sino amor por el prójimo. Es injusto hacer creer a los demás la existencia de hechos disimulados que los expongan al error.
Para ello hay que activar el criterio, el rigor, pero también la prudencia. Así, antes de compartir un enlace sospechoso, investigar su origen. Y si no se da con él, si no hay fundada certeza, borrarlo. Es bastante simple. Con esto se corta la posibilidad de propagación de un virus que afecta a la comunidad por su toxicidad.
La salud mental quizá sea tarea de todos. Cada uno debe hacerlo. Primero, evitando abrir archivos desconocidos, luego, cuidando enlazar en lugares inseguros y, finalmente, impidiéndonos vagabundear sin finalidad establecida. Justo como no haríamos en el mundo físico, ir de un lugar a otro solo por hacer algo. En las redes, el agregado perverso es la basura que llena la autopista digital. Nuestra salud pasa por ser cautos.
A veces además hay que tomar decisiones radicales. No debemos sentir escrúpulos al bloquear direcciones o personas altamente peligrosas. El buen uso de la razón práctica ayudará a este propósito. La invitación, más que a convertirnos en Torquemadas o inquisidores, en hipersensibles o intolerantes, es a ser prudentes con lo que nos permitimos en la blogosfera, por ejemplo.
En contraposición a lo virtual, debemos experimentar más la realidad. Salir a tomar café, propiciar las citas e ir a la playa con los amigos. El contacto con la naturaleza y la conversación con las personas contribuirán a recuperar la humanidad perdida por las horas ocupadas en las aplicaciones sociales. Debemos escribir historias juntos desde el riesgo del contacto humano. Exponer la piel tiene su encanto.
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