La visita de Julián

Quizá júbilo sea la palabra perfecta que describa el estado emocional de Julián cuando decidió visitar a su antiguo amigo en ese convento gélido del centro de la ciudad.  Un lugar que le traía recuerdos porque también ahí había estado semi enclaustrado, según las exigencias de su condición de vida.  

De camino, aún cuando manejaba, con la ansiedad de siempre, repasaba los espacios de la casa que colindaba con la iglesia: la cocina, el comedor, la sala, la capilla… hasta el olor de su habitación, que recordaba reducida y lúgubre, como si Dios se inclinara por el minimalismo o sus gustos fueran modestos. 

“Quizá no sea la estética de Dios la que prevalezca en esos recintos”, pensó, “sino la poca gracia de los monjes demasiado desencarnados, distraídos y frecuentemente llanos.  Con escaso paladar para las cosas del mundo que juzgan corrupto y de carácter temporal. “En esto, como en todo”, concluyó, “hay que eximirlo de la ramplonería de sus epígonos”.

Iba emocionado por la visita que finalizaba tanta espera.  En rigor no era su amigo, sino su antiguo preceptor de latín y su maestro de Gregoriano.  Ambas áreas en las que Julián era (siempre lo fue) un profano.  “No cantes, te lo suplico”, le pidió desde la primera vez con irritación.  “Estarás en el coro, pero solo de bulto.  Quizá lo tuyo sea otra cosa… ojalá”, le dijo en voz baja.

En eso estaba cuando apareció el hombre que apenas reconocía por su figura escuálida. 

  • Hola, buenas tardes.  Me dijeron que usted me busca.  Indagó el que parecía hombre bueno. 
  • Sí, padre, soy Julián.  ¿Se acuerda de mí?
  • Julián. Me suena ese nombre. ¿Y tu apellido?  ¿Dónde nos conocimos?  Perdona, pero tengo una memoria frágil
  • No puede ser. Bromea.  Soy Julián Gastón.  Hace 30 años usted me enseñó los rudimentos de la metafísica, los artificios de la lógica y las bondades de la dialéctica.  ¿Se recuerda de mi poca habilidad para el Gregoriano? Le cumplí, nunca abrí la boca en los “Te Deum” ni me ubiqué hasta adelante en el coro. 
  • Qué pena, Julián, tengo la mente en blanco.  Tu voz me es familiar, pero nada más.  Respecto a lo último que me dices del coro, te lo agradezco. Aunque tengo que confesarte algo, quizá para tu consuelo: no fuiste el único al que hice callar en las liturgias.  Como tú había muchos, sordos, ofídicos, inhabilitados para el “bel canto”.  Seguro Dios disfrutaba tu silencio.

            Al finalizar su visita, de camino a casa, sintió indulgencia por su preceptor.  Lo exculpó, según su hábito, pero lo juzgó también descuidado, desaliñado y en fachas.  “Ni la música afecta a los bárbaros”, se dijo desconsolado, ahora sin que mediara visos de redención.

Publicado por Eduardo Blandón

Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo.

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