De lapiceros, plumas y fuentes

La veo de lejos y no me dice nada, no la considero por efecto de las prisas.  Sé que la necesito, la escogí para mí con cuidado y ha sido indispensable desde siempre, pero de momento no me interesa.  Así, distante, me muestro indiferente en espera de acceder a ella cuando sea útil.  Mi amor por ella es absolutamente interesado.

La pluma la compré en una tienda especializada.  Fue amor a primera vista.  Ni siquiera la probé como suelo hacerlo, ni reparé en su precio: “Me la llevo”, le dije a la vendedora.  Desde entonces me acompaña y conoce mis sentimientos, el estado de mi ánimo y las variaciones de mi espíritu.  Ha sido testigo fiel de las tormentas, reales o ficticias, que he vivido desde que estamos juntos.

A veces creo que tiene vida.  Es mi lado animista muy dado a la fantasía y a las fábulas religiosas.  Por ejemplo, es sospechoso cómo si tengo ira se resiste entre mis dedos sudorosos y provoca la dificultad prensil.  Esos deslices mínimos me han permitido el juicio para traslucir textos más sensatos y menos llenos de maledicencias, escritos inmorales de los que me habría arrepentido de por vida.

En otras ocasiones me ha fallado la tinta cuando, embargado de emociones contradictorias, habría renunciado a un amor o a un trabajo de esos que abundan en la precariedad.  Es como si la fuente fuera un todo integrado, un organismo vivo, al servicio de mis intereses.  La presunción de un lazo invisible que nos une milagrosamente.  Sí, todo un artificio que me hace estimarla y sentirla como mía.

No siempre la llevo conmigo porque la estimo.  Para uso ordinario escojo algo de menos rango, una pluma barata que no me importe perder.  Esas que se prestan y que si no regresan se ignoran.  Ya sabe, los típicos lapiceros de hoteles, los baratos que se regalan en congresos, los encontrados en oficinas ajenas.  Con estos practico la promiscuidad que no me permito con ella.

Pero hoy reposa en su lugar y siento que me extraña.  Si hablara quizá reprocharía mi frialdad: “Son días que no me tomas y siento tu indiferencia conmigo. ¿Por qué no vuelves al amor primero, a la pasión de esos días en que sentía el calor de tu mano?”.  Si existiera sufriría como humano, se culparía e inventaría teorías explicativas para hacer digerible el mal momento.  Pero quizá sea un objeto inanimado al que le importe un pepino pasar frío y ser inútil.

Sí, soy yo el que fantasea con ser indispensable para mi pluma.  Su padecimiento es imaginario y debo renunciar a sentirla como propia.  Aprender a verla con desapego, a no aferrarme a ella y tratarla como una más.  Es el modo en que se tratan las cosas, sin sentimientos ni movimientos que comprometan la felicidad.  ¡Carajo, qué desborde de emociones!

Publicado por Eduardo Blandón

Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo.

2 comentarios sobre “De lapiceros, plumas y fuentes

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