La pedagogía de la vida

Todo puede reducirse quizá a la educación.  De ella dependemos para sobrevivir o, más aún, para tomarle gusto a la vida.  A veces, sin embargo, no reparamos en su valor y damos clausurado el itinerario cuando salimos de las aulas.  Tal vez pensemos que sea suficiente por sentirnos mayores, por razón de pereza, frecuentemente por inconsciencia.

En esto los padres no hacemos demasiado y la escuela no cumple su deber.  Insiste poco en hacernos caer en la cuenta de que la formación es para siempre, que nunca acaba y que, en consecuencia, el proceso de aprendizaje debe ser constante.  Y no me refiero solo al imperativo de cultivar nuestras habilidades profesionales, sino (y sobre todo) a la atención de nuestro desarrollo personal.

Porque hay algunos muy preocupados sacando cursos, perfeccionando sus destrezas, actualizándose para estar a la altura de las ofertas de trabajo.  ¡Genial!  También son modelos de vida, demuestran la nobleza de su espíritu.  Esa ocupación, no obstante, es solo parte del empeño general.  Además de ese interés, hay que disponerse para crecer como personas, insistir en mejorar el carácter, ejercer la crítica de uno mismo y tomar decisiones en la modificación de nuestra conducta.

No nos hacemos un gran favor (tampoco a la sociedad) exponiendo al mundo nuestras competencias profesionales, siendo pigmeos humanos: envidiosos, egoístas, chismosos, inconstantes, volubles, amargados, arrogantes, celosos… y siga usted la lista.  Vaya que no es fácil construirnos, superar esas tendencias tan naturales (¿Quién puede arrojar la primera piedra?).  La bondad y la virtud no se da por generación espontánea, es necesario intentarlo a diario.

Como mucho de lo que escribo (tome nota, por favor), no lo hago pensando en los demás (muy al estilo farisaico), más bien lo expreso para mí.  Ya sabe, a fuerza de escribirlo quizá autoconvencerme de la necesidad de cambiar mis malos hábitos, de entender la vida y retomar el camino de la bondad que juzgo lo único que da sentido y tiene un valor fundamental.  Así, esta moralina es personal y, si por accidente le sirve, mejor aún.

Hay que cambiar de chip, modificar la idea de que la educación es un proceso puntual para extenderla a lo largo y ancho de la existencia.  Superar el principio aquel de que nuestro carácter queda determinado en los primeros cinco años sin que nada podamos hacer después.  Juzgarnos cambiantes, creer en la posibilidad de crecimiento, soñarnos mejores.  Sentir que la felicidad se libra en ese frente cotidiano, sin subestimar la importancia de lo periférico: el dinero, la profesión y las muchas distracciones de la vida.

Publicado por Eduardo Blandón

Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo.

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