Ídolos con pies de barro

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Hace mucho que el santoral icónico de la posmodernidad me parece desabrido.  No sé si se deriva de la inefectividad de la industria del espectáculo, la amargura que ofrecen los años o la falta de plasticidad que me impide la asunción de modelos, pero los santurrones que caminan (o caminaron) por la alfombra roja me saben a poco.

Pongamos por ejemplo a Michael Jordan, uno de los más grandes baloncestista de la historia del que se habla mucho recientemente gracias al documental, The Last Dance, transmitido por Netflix.  Más allá del balance que mostrará la serie situándolo como un virtuoso “humano, demasiado humano”, no creo que su figura arrastre multitudes.  O lo diré mejor, a mí no me saca demasiado de mi indiferencia.

Nuestros héroes han perdido fuelle.  Y no sé si sea mi vetusta lectura, pero encuentro esclerótica la actividad del mercado.  Así, figuras como Jobs, más allá de un puñado de “millennial” que eventualmente lo recuerdan, no solo no logra nuevos adeptos, sino que con el tiempo asegura su panteón simbólico al caer presuroso en el olvido.  Sí, de poco sirvió el libro escrito por Walter Isaacson y, menos aún, la película protagonizada por ‎Michael Fassbender (de verdad, ¿alguien la recuerda?).

Ni qué decir de nuestros advenedizos destacados.  Los íconos vivos que promueve la prensa a veces rosa de las páginas tecnológicas.  Me refiero, por ejemplo, a Elon Musk, Mark Zuckerberg o Jeff Bezos.  Demasiado descafeinados.  En medio de su presumible brillantez (no seré quien los ningunee), son una especie de pitecantropus vulgaris a los que, más allá del interés causado por la acumulación de capital (son ejemplares exitosos, según los parámetros de nuestro siglo), carecen de ese espíritu de fineza que haría sonrojar al más tímido humanista del siglo de los Médici en Florencia.

Comparten esa naturaleza exigua los banqueros y empresarios que hoy dominan el mundo financiero.  Eso sí, sin que les importe mucho esa posteridad que quizá juzguen barroca.  Pienso, por ejemplo, en Carlos Slim, Warren Buffett y Bernard Arnault.  Ellos son, al menos para los admiradores del capitalismo de mercado, los genios a imitar al ser creadores de su destino faraónico, el paraíso que sueñan los nimios empresarios de muchas partes del mundo.

Es evidente, como habrá podido advertir, que nuestra crisis supera lo económico.  Desencantar la sociedad ha significado la confección de ídolos con pies de barro, frágiles y poco atractivos.  Supongo que es el costo de conformarnos con la contingencia de la vida, la negación de la trascendencia y la pérdida del paraíso.  Si es así, no queda sino llorar frente a esa pacotilla de santuelos de baja catadura que han instaurado una nueva religión, parroquias y feligreses.  ¿En qué momento perdimos el gusto y nos hemos conformado con tan poco?  Vaya drama el de nuestros días.

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