Un proyecto ético

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Uno de los pasos decisivos que tenemos que dar en el proceso de madurez de nuestras emociones es el que consiste en aprender a convivir con los demás.  El esfuerzo de tolerancia por el que renunciamos a posicionarnos como centros del mundo para juzgar lo que no comprendemos o juzgamos extraño como digno de rechazo.  Obligarnos a la empatía reconociendo la diversidad al tiempo que la celebramos.

No es fácil.  En algún momento el acceso a la información nos ha vuelto cerrados, temerosos, frágiles.  Y aunque gallinitas pavorosas, somos contemporáneamente violentos, patibularios al menor signo de oposición a nuestras convicciones a veces poco razonadas.  Creemos que los talibanes están en Afganistán, ignorando (porque no cabe mejor palabra) que llevamos a Torquemada en las entrañas.

Así, tenemos un proyecto ético para nuestros próximos años: la convivencia armoniosa con quienes respetuosamente expresan sus convicciones.  Ya no digo aprender a amarlos, según el imperativo cristiano, sino a considerarlos dignos de tener una opinión distinta a la propia.  Es un empeño que trasciende lo razonable (aunque la implica) para situarse en el espacio de las emociones que debemos gobernar.

Desde ese horizonte impregnado de civilidad, porque renunciamos a la violencia para hacer surgir el diálogo, cabemos todos.  ¿Imposible?  No lo creo, aunque sin candidez aceptemos su dificultad.  Lo es porque nos tomamos muy en serio y así nuestro egoísmo nos cierra a los demás.  Por ello, la vía es salir de nuestra esfera para orbitar universos alternos.  Creer de verdad que solo desde lo social, la comunidad y su convivencia es posible el germen de lo humano.

El siglo XXI debe ser el acontecimiento histórico del nacimiento del famoso “hombre y mujer nuevos”.  Criaturas para las que la hipersensibilidad es solo un recuerdo de capítulos aberrantes por la intolerancia. Sujetos desacomplejados que saben relacionarse sin juzgarse menos.  Protagonistas y actores sociales trabajando unidos en proyectos consensuados: el hambre, la pobreza y la injusticia.  Intolerantes frente las desigualdades que claman al cielo, contra los que promueven la muerte y el enriquecimiento ilícito que compromete la vida de los menos aventajados.

Es posible, solo se necesita superar la vieja escuela que nos rastra.  La idea de que somos individuos desvinculado de los demás, la costumbre de buscar mi exclusivo provecho y la inmoralidad que me conduce al vicio: el latrocinio y la violencia, entre otros.  No es un proyecto religioso (aunque incluye sus deberes), sino el compromiso secular que afirma posibilidades aquí y ahora.  La fe en la bondad humana que acaso no necesite lo eterno para realizar una vida mejor.