Por una iconoclastia razonada

Una estatua de Cristóbal Colón, en el suelo tras ser derribada en Saint Paul (Minnesota), el 10 de junio. La figura del descubridor, cuyas expediciones a las Américas hace más de cinco siglos llevaron a la colonización y matanza de poblaciones indígenas, se ha convertido en uno de los objetivos de la ola de ataques al patrimonio..

Las noticias han informado desde hace una semana cómo los manifestantes indignados por actitudes racistas se han dado a la tarea de derribar imágenes.  En varios puntos del planeta, particularmente en los Estados Unidos e Inglaterra, las protestas han operado contra esos símbolos erigidos en los espacios públicos para decapitarlos o arrancarlos de su pedestal y arrojarlos al agua.  El tema está en boga en los círculos intelectuales y políticos.

Los más conservadores argumentan que básicamente no se puede ir contra la historia.  Según esto, los hechos sucedieron en contextos particulares y que, por tanto, sería ridículo el revisionismo de los vándalos contra las imágenes.  Esos actos, de igual modo, cercenarían unos acontecimientos que se quisieran ahora “a la carta” y, en muchos casos, restan valor a personajes que han sido un hito en el desarrollo de la humanidad.

A este respecto, Boris Johnson, el primer ministro británico dijo que, por ejemplo, la estatua de Winston Churchill en Parliament Square se justificaría porque aunque en ocasiones el político expresó opiniones racistas, impropias en la actualidad, para ese país es un héroe y, en consecuencia, merece su monumento.  Y concluye:

No podemos ahora intentar editar o censurar nuestro pasado. No podemos pretender tener una historia diferente. Las estatuas en nuestras ciudades y pueblos fueron levantadas por generaciones anteriores. Tenían diferentes perspectivas, diferentes interpretaciones de lo correcto y lo incorrecto. Pero esas estatuas nos enseñan sobre nuestro pasado, con todas sus fallas. Derribarlos sería mentir sobre nuestra historia y empobrecer la educación de las generaciones venideras”.

Por otro lado, hay muchos que, más favorables a los protagonistas de las protestas, están a favor de como mínimo la apertura a un debate sobre esas imágenes simbólicas que enarbolan las plazas.  La idea sería darle contenido a la iconoclastia extendida según criterios consensuados por la comunidad.  Renunciar a la imposición de figuras claramente reprochables, sin que esto signifique negar la industria humana tan llena de vicios y limitaciones.

Desde esta lógica, no sería un contrasentido permitir la discusión sobre la pertinencia de estatuas controvertidas como la del rey Leopoldo II de Bélgica.  ¿Es justificable la imagen de un rey criminal en el centro de Amberes, en un espacio público?  Recordemos que, según historiadores, Adam Hochschild a la cabeza, Leopoldo II fue el responsable de una suerte de holocausto africano, que superaría en cantidad de víctimas al número de judíos muertos a manos de la Alemania nazi.

Como ha dicho el columnista francés, Jean-Marc Ayrault, en un artículo para Le Monde, “el espacio público debe ser el reflejo de los valores que queremos celebrar. La responsabilidad le concierne en primer lugar a las comunidades locales. Dicho trabajo no debe ser una tabla rasa.  Debe responder al análisis del patrimonio en el espacio público e involucrar a la sociedad civil a fin de identificar las figuras que no ocupen más esas plazas, aquellos que su mantenimiento necesiten nuevas placas explicativas y los que, por ahora, son desconocidos deben ser honrados… figuras, masculinas y femeninas de nuestra diversidad”.