El bosque de los libros

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Para tener temas de conversación es más útil estar al día con las series de Netflix que de los últimos libros en venta de las librerías.  Esa es nuestra realidad e importa un comino si tiene argumentos para afirmar lo contrario, el común de mortales (y a veces los no tan comunes) viven al día con el universo del espectáculo y se disfrutan la cháchara de la pantalla chica.

Ocurre, dicen algunos, que son distracciones con las que uno se distiende.  Sí, claro.  Muchos viven enganchados a los servicios de streaming pasando horas de su vida en afanes por terminar sus programas favoritos.  Estresados también por finalizar la serie en sentadas kilométricas en las que apenas pueden dormir, comer e incluso ir al baño.

El mismo discurso cabe para Spotify, otro servicio de streaming, en este caso de música, podcasts y videos digitales, para el consumo masivo y la distensión.  Asústese, Spotify cuenta con 180 millones de usuarios, de los que 83 millones son de pago.  Con tales datos deberíamos ser sociedades más sedadas y narcotizadas, muy felices, relajados y poco violentos, pero parece que la música no alcanza para tanto.

¿Y la lectura?  Quizá esté en la cola de las opciones para el disfrute y el goce.  En España, por ejemplo, aunque las estadísticas indiquen mejoras, la Federación de Gremios de editores y el Ministerio de Cultura y Deporte, reconocen que se sigue leyendo poco.  Más aún cuando se es adolescente y el interés se enfoca en otros menesteres con más emociones.

Un artículo de prensa del diario español El País dice que “a los 15 años las estadísticas dibujan un golpe mortal, porque pasan de ser lectores el 70,4 % a quedarse en el 44,7 %. El bache solo se recupera a partir de los 25 años. Los editores tienen una explicación ‘existencialista’: ‘A los 14 hay un cambio de ciclo de vida, donde las preocupaciones vitales y la atmósfera escolar cambia’, cuenta a este periódico en su despacho de la Fundación Santillana, Miguel Barrero, presidente de la FGGEE”.

El problema es que las razones “existencialistas” aludidas por las que no se leen, los guatemaltecos no las superamos.  Lo confirma el Consejo de Lectura de Guatemala, cuyas estadísticas revelan que de cada 100 personas solo una lee por placer.  ¿Y el resto?  Bueno, seguramente no lo hará nunca, quizá escasamente y con certeza de manera obligada.  Todo un suplicio a la que los jóvenes se someten en los centros de estudios.

Si no fuera porque la falta de lectura nos embrutece infaliblemente y nos hace presa de los políticos y la mercadotecnia quizá no valdría la pena escribir sobre el tema.  Pero está visto que opciones alternas a los libros, ese vivir dependientes de la civilización del espectáculo, nos distrae de las cosas importantes y hace que quienes manejan el poder se aprovechen de nuestra estulticia.  Ojalá pudiéramos vivir la vida con solo un poquito más de inteligencia vital… los libros pueden ayudarnos en ello. 

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