Utopía

Un gran estadista no se improvisa, requiere más allá del carácter, moldeado a veces estoica y espartanamente, pero también con cierta ternura, de inteligencia, sentido de oportunidad, capacidad de decisión, pragmatismo, pero quizá y sobre todo cualidades humanas, sensibilidad social y hasta compasión cuando se trata de atender las grandes necesidades de los marginados.

Abraham Lincoln parece ser de esos gobernantes paradigmáticos que confirma lo anterior.  Las distintas biografías dan fe de un líder polifacético siempre dispuesto a tomar decisiones serenas y moderadas con el fin habitual de hacer el bien a su país.  Su personalidad, según los estudiosos, destacaba rasgos sobresalientes que cultivó a lo largo de su vida, entre ellas, el respeto, la serenidad y la paciencia, la compasión, el trabajo duro, la constancia, el sentido del humor y la conciencia de sus orígenes, entre tantas otras.

Ello no sucede entre nuestros políticos que aparecen por generación espontánea sin que por eso dejen una huella en el país o a penas se les recuerde por sus cualidades humanas o gestión medianamente aceptable.  Desde el estreno del período democrático en 1986, los gobernantes guatemaltecos han pasado sin pena ni gloria, a veces por la falta de pericia en el manejo de la cosa pública, los vicios personales, la inclinación a la mentira y la fanfarronería, o simplemente por una mala catadura moral que los ha llevado a la delincuencia y latrocinio de manera vulgar.

Infortunadamente la sociedad civil tampoco hemos estado a la altura de las circunstancias.  Muchas veces debido a nuestra falta de cohesión y dificultad de diálogo, individualismo, indiferencia, falta de cultura política y desidia, en un ejercicio cívico que no nos enseñó la escuela ni los rudimentos recibidos en casa.  O sea, la sociedad es un maremágnum, una plaza pública, el mercado, donde difícilmente nos escuchamos y ponemos de acuerdo.

Todo ello nos ha llevado hasta hoy a la frustración.  Cada cuatro años vamos a las urnas a votar por candidatos urdidos por los sectores más organizados y con capacidad de gestión en el espacio público.  Elegimos a los candidatos convenientes para sus propios intereses.  De ese modo, como tituló recientemente un diario europeo, los guatemaltecos votamos entre la continuidad y la continuidad.  Como en el caso de Sísifo, cada período eleccionario comenzamos de cero.

El país necesita, por esas características, un poco de todo.  Por el lado de la sociedad, más organización y protagonismo.  Conciencia de que no debemos dejar lo político para cada cuatro años.  En cuanto a los que se lanzan al ruedo de la política partidista, menos improvisación, más cultura filosófica, mayor sentido de país y preferencia por los más pobres.  El desarrollo de una cintura política capaz de sortear los intereses de los grupos de poder. Por último, pero, sobre todo, la inclinación moral hacia el bien, la decisión de evitar el robo y los deseos de enriquecimiento a toda costa.  Qué hermoso fuera, es toda una utopía para nuestra sociedad.