Más allá del orden pitagórico. Reflexiones sobre el caos de la realidad

Uno debe tener caos dentro de sí mismo para dar a luz a una estrella danzante.

Nietzsche

Uno de los primeros filósofos que refirió una especie de armonía universal fue Pitágoras.  Aunque quizá esa convicción «original» no tenga otro mérito que la publicidad y el registro alojado en esas obras de las que apenas se conservan fragmentos y son objeto hoy de estudios de arqueología filosófica.

La intuición no tardó en extenderse también a los hombres, a quienes se les vio unidad (en medio de las dicotomías y complejidades también puestas al descubierto) y en consecuencia el carácter admirable de una estructura hecha sapiencialmente por un arquitecto de gustos exquisitos. Petulancias típicas de bípedos siempre necesitados de respetabilidad.

Y, sin embargo, más allá de esa presunción muy reiterada en la Biblia y repetida tal vez por muchos sabios, también es cierto que si hablamos de armonía en el mundo y en los hombres (en los seres humanos) se debe más bien a razones espurias que a evidencias incontestables.  Deje que me explique.

En primer lugar, la intuición parece justificar, contra todo, esa necesidad interesada de sentirnos especiales en un universo inconmensurable.  La mota al viento que afirma su particularidad frente al infinito.  O, como diría Pascal, «la caña pensante» que se ufana en su supuesta «omnicomprensión» del mundo. Ya ve que de lo que sí podemos presumir es de nuestra capacidad ensoñadora desde el fango de nuestra situación real.

Por otro lado, me parece que la insistencia del orden sugiere la idea de un autor que no puede ser casual.  Por ello, la recepción pagana del supuesto encontró eco dentro de la doctrina cristiana que atribuye a Dios la creación del mundo.  El viejo Obispo de Hipona en el siglo V ya evidenciaba esa famosa creación «ex nihil» que demostraría que el universo tiene sentido y que el mundo tuvo un principio (y un fin).  Algo que luego se dio en llamar el «carácter teleológico» de las cosas.

Como ve, es sospechosa la intuición antigua.  Nos cuesta conformarnos con la idea del absurdo, la anarquía y la falta de lógica en un universo caprichoso.  Nos da pena asumir la finitud en el contexto de una inmanencia subyugante.  Por ello, para no sentirnos aterrados, como diría Bergson, acudimos a la famosa función fabuladora.  O sea, nos fascinan las telenovelas que fundamenten nuestra más absoluta soledad.

La duda frente a Pitágoras se sostiene, finalmente, en esa vida monacal (pagana, claro), que compaginó el filósofo con el estudio de las matemáticas.  Con toda certeza, esa imaginación exacerbada tuvo su origen tanto en sus ayunos extremos como en la frugalidad de su vida reducida a lo mínimo.  Razón por la cual a menudo es bueno alimentar el cuerpo o incluso experimentar la moral de Dionisio que nos garantice el aquí y ahora de la vida feliz.


Descubre más desde El Rincón de Blandón

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Publicado por Eduardo Blandón

Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo.

Deja un comentario