El inquisidor y el pensamiento mágico

“El sino de nuestra época está caracterizado por la racionalización y la intelectualización y, sobre todo, por el desencanto del mundo”.

Max Weber

Tengo un amigo que litiga eventualmente conmigo porque dice que no dejo lo que llama “el pensamiento mágico”.  Me recrimina esa especie de esperanza absurda con la que me sitúo frente a la adversidad o cualquier situación de la vida.  Se trata, insiste, de que seas no solo más lógico y racional, sino también científico y que te fíes, por ello, solo de la realidad.

El positivista pierde el control en momentos en que, por ejemplo, hablo de una justicia divina que, elevada al rango de ley universal (a veces exagero para provocarlo), impediría la impunidad a los autores de la maldad.  “Tarde o temprano los impíos recibirán su castigo”, le digo.  Todo, con una seguridad pontifical.

Se incomoda, me riñe, para pasar a los golpes bajos, desde situarme en la Edad Media, que desprecia como ilustrado volteriano, hasta calificarme de cristiano bizantino.  Su filiación racionalista lo convierte en un Atila de la fe científica o, quizá mejor, en un Torquemada piromaníaco.

Como sea, aunque suelo irritar a mi amigo, en el fondo de mi corazón solo tengo deseos de esa magia referida.  Sí, me encantaría creer en una providencia que gobierne el mundo.  ¡Cómo no!  Acostarme por la noche seguro de que el mal no triunfará y de que tiene un sentido el hambre, el dolor y las guerras.  Ya sabe, la convicción Leibniziana de que este es “el mejor de todos los mundos posibles”.

Muero porque haya un cielo, una vida postrera en que encontremos a los que amamos y compartamos felices la vida eterna.  Evidentemente tengo anhelo porque los malvados reciban lo que se merecen, sin venganza, solo como reparación por el daño provocado.  Confieso un romanticismo sin garantías como acto más bien literario.

Infortunadamente, mi mundo está tan desencantado como el de mi amigo.  Lo nuestro, según parece, son las certezas, el aquí y el ahora, el presente continuo.  Sin otra referencia que lo terreno y, por tanto, regidos por la temporalidad, lo provisorio y lo decadente.  Planos, horizontales, inmanentes, resignados a lo que nos toca. 

Aterrado, como le decía, solo queda lo lúdico.  Jugar y fingir una realidad alterna.  En las posibilidades del amor, por ejemplo, que nos redima con su propia potencia.  La fuerza invisible que nos repare y, desde ese sentimiento, aferrarnos a lo absurdo.

Publicado por Eduardo Blandón

Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: