El valor de los años vividos

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“Qué cuántos años tengo?

¡Qué importa eso!

¡Tengo la edad que quiero y siento!

La edad en que puedo gritar sin miedo lo que pienso”.

                                                           José Saramago

Hay algunos que rehúyen hablar de la edad o la esconden por temor a consecuencias imaginarias indeseadas.  Por ello, no me extrañaría que Carreño (espero que se recuerde de su Manual) sancione preguntar fechas natalicias por considerarlo quizá una conducta de mal gusto.  Parece claro que lo vetusto en la civilización del descarte no tiene cabida.

Sin embargo, lo demodé tiene su encanto.  No hablo solo del cliché que reconoce la experiencia de los años, sino de la estética en su conjunto resultado del buen juicio y la gracia que se asienta y permanece.  Esa plenitud mostrada sin reserva, con elegancia y, por qué no, con cierta dosis de altivez, constituye el arreglo perfecto para el amante de lo bello. Sí, no es apto para todo paladar.

No es necesario que lo sea.  Por fortuna el valor de los años referidos supera los gustos personales y las preferencias del mercado.  Su fundamento se basa en un canon alterno originado en la crítica contemporánea a la frivolidad y el establecimiento de un relato que resignifica lo asumido por nuestra cultura estrábica.

Asumir con gozo la madurez expresa tanto el rechazo a las convenciones como el conocimiento del valor de la vida.  Testimonia la alegría de quien abraza el presente y, sin dramas, enfrenta sus límites.  Es el resultado privilegiado no por destino, sino como conquista operada desde las ideas.

Semejante estado de gracia incorpora el sentimiento de finitud: la comprensión de los cimientos frágiles de la existencia humana.  Dato que, lejos de incapacitar, potencia los proyectos personales en la urdimbre del tiempo.  Así, la edad permite ajustes que favorecen el disfrute de lo venturoso.

Si me detengo a escribir sobre la felicidad en un período tan denostado en nuestra época no es porque lo necesite.  En realidad, cualquier observador poco perspicaz se enteraría de ello.  El propósito es destacar lo que oculta la industria del espectáculo e impone el mercado en su afán de obtener riqueza por medio de una visión simplificada. 

Afirmar la virtud del tiempo debe ser motivo de complacencia por lo generado en la vida.  Pero no solo por su fecundidad, sino por la unidad alcanzada manifiesta en una estética que integra una cierta grandeza moral.  De mucho se pierde la juventud cuando distraída desvaloriza a sus héroes, porque ¿qué otra cosa son los que acumulan años, sino sobrevivientes de mil batallas?  Rindamos nuestro tributo y seamos magnánimos al reconocerlo.

Publicado por Eduardo Blandón

Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo.

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