Milagreros

Hay una especie de orgullo intelectual enraizado en el espíritu contemporáneo por el que nos creemos superiores en virtud del desarrollo de las ciencias.  Tomamos distancia de los “bárbaros” y “primitivos” que, al practicar su fe, “creen en santos que orinan”.  Así, orondos, afirmamos haber salido del “encantamiento del mundo” en que vivíamos en aquella época medieval, de donde no queremos regresar ni por asomo.

Lo que estamos lejos de reconocer es que somos tan oscurantistas como el buen Theophrastus Bombast von Hohenheim, Paracelso, quien, en medio de sus intuiciones y audacia científica, aún practicaba la magia y buscaba los secretos de los astros.  Paradoja que rechazamos por nuestra mala memoria y acentuado ego que obnubilan las evidencias.

Un caso de esa esperanza absurda en milagros lo constituye la fe en que vendrán días mejores sin determinarnos por ello.  Afirmar, por ejemplo, que seremos capaces de detener el cambio climático, haciendo poco por modificar nuestros malos hábitos.  Algo así, solo puede ser sostenido por la fantasía que da por supuesto que los hechos suceden -o sucederán- por tan solo “creerlos”.  Como si la providencia, el logos o las leyes del universo (llámele como quiera) hará lo suyo por una especie de hado.

En materia política también somos milagreros.  Imagino que los gringos creerán -tanto como nosotros, por supuesto, en nuestro contexto- que la situación de su país tendrá arreglo con tan solo participar en las urnas y votar por Trump.  Anida en sus coletos (en el de los ciudadanos de ese país) una mal llamada esperanza de cambio que no llegará nunca porque la magia solo existe en la imaginación y en la literatura fantástica.

Si el mundo estuviera “desencantado”, como diría Weber, fuéramos más positivos en la conducta.  Participaríamos en la política, tomaríamos las calles y nuestra actitud sería más beligerante y contestataria. En cambio, practicamos un franciscanismo (el peor que se pueda imaginar, no la verdadera disposición del “poverello”) que da pavor por la irresponsabilidad con que dejamos actuar a los delincuentes que dirigen el país y a los que dictan el mundo financiero (el sector bancario, en primer lugar).

Milagreros que somos, mucho más primitivos que los presuntos medievales, practicamos una fe fallida de raíz, falsa, cómoda e imposible.  No la esperanza cristiana que pide, como ha afirmado hasta la saciedad el Papa Pancho en su encíclica, “Fratelli tutti”, acciones, ejercicios de caridad auténticos, incidencia en la sociedad, activismo responsable. 

De esa poltronería cristiana se aprovechan los políticos y los traficantes de drogas.  Ellos, los profanos, no esperan el maná del cielo.  Siembran y recogen sus frutos a tiempo.  Aprendamos, superemos la piedad cómoda y renovemos esa actitud que hace que no “venga su reino”.   Dejemos la milagrería.

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