Contra la impunidad

El régimen de impunidad global en el que vivimos es total. Incluso diría que va acompañado con la mentira, las promesas falsas y la ausencia de compromiso de los agentes que participan.  El embuste, en el pasado, se asociaba con la policía, los políticos y los malos jueces vendidos al gran capital.  Sin embargo, con el tiempo ha permeado la cultura hasta convertirse casi en parte del carácter nacional.

Tengo varias perlas que lo comprueban.  La más reciente, la suscripción fallida de una aplicación de terceros en el corazón del sistema de Apple.  Como mi frustración no fue suficiente para que los desarrolladores de la App arreglaran el entuerto, me dirigí a la compañía de la manzana para la solución a mi problema, sin que, sin embargo, nada sucediera.

La retroalimentación fue categórica: “su situación debe tratarla directamente con los proveedores del servicio”.  La empresa multimillonaria, no obstante, se queda con el 30 por ciento de las ventas por descarga de aplicaciones, se desentiende olímpicamente de las quejas sin mover un dedo para hacer gestiones con los desarrolladores.  Así, usted y yo podemos entender cómo funciona la moral de la empresa fundada por Steve Jobs.

Vamos, son compañías con mucho capital, no microempresas.    Amazon no podía ser la excepción.  Ya no es novedad, por ejemplo, la queja de los empleados en todas las latitudes donde se asienta por las condiciones laborales de explotación, maltrato y prohibiciones en términos de organización.  Sin obviar, porque es parte de su inmoralidad ubicua, su afán monopolístico y condiciones leoninas con que tratan a sus socios.

En diciembre del año pasado, para citar un caso, el diario El País, se refirió a una queja de los trabajadores españoles de Amazon: “Hay categorías laborales que no se han respetado con el nuevo convenio y trabajadores que han perdido hasta 3.500 euros al año de su salario”, denuncia Douglas Harper (del sindicato de trabajadores). Este delegado sindical afirma que sus salarios se han visto devaluados hasta un 1,2% como consecuencia de la subida del coste de la vida. “La empresa no se ha mostrado dispuesta a negociar para que los sueldos no pierdan poder adquisitivo”.

La molestia contra la compañía del acaudalado Jeff Bezos, la persona más rica del mundo, es planetaria.  Tan solo en junio, el “Corriere della sera” lo destacaba así: “Sei stabilimenti tedeschi del gigante del commercio elettronico rimarranno fermi per 48 ore, a New York licenziato un lavoratore che chiedeva misure di protezione adeguate”.  Solo pedimos, reclamaban, (también en Alemania y los Estados Unidos), “trabajar bien y de manera sana”.

Evidentemente me he referido al régimen de impunidad de dos colosos allende los mares, pero nuestra situación no es distinta.  En otras ocasiones he escrito sobre la conducta de los bancos en sus atracos constantes con los intereses desmedidos aplicados a las tarjetas de crédito, los cobros arbitrarios inventados a mansalva y hasta el contubernio cuando se trata de la gestión de capital dudoso.  Su descaro es total cuando incluso han creado leyes (como la del pánico bancario) hechas a la medida de su podredumbre moral.

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