In illo tempore

Con el pasar del tiempo, por el fragor del combate, apenas recordamos los días en el que gestionábamos nuestras ocupaciones.  Éramos los amos del calendario.  Las jornadas eran amplias, pocas reuniones, ninguna llamada y solo eventuales correos semanales esperados con relativa ansiedad.  Trabajábamos con empeño y los propósitos eran una meta asumida que recordábamos con papel y lápiz.

Teníamos poca prisa.  Leíamos puntualmente los periódicos que no sobrepasaban los tres.  Los releíamos, llenábamos crucigramas, reíamos con las tiras cómicas y guardábamos en los bolsillos alguna información relevante.  Sentíamos orgullo al compartir con otros las opiniones de los columnistas, debatíamos sus ideas… era fácil porque los articulistas no eran muchos.

Si salíamos de casa llevábamos un libro habitualmente manejable.  En la bolsa de la camisa, una pequeña libreta de apuntes para recordar compromisos mínimos, ideas escasas u ocurrencias urgentes.  Tardaban bastante porque la protegíamos de la lluvia y atesoraban registros importantes.  Con el vademécum, el lapicero, nada pretencioso pero eficiente y solícito.

Entonces la vida transcurría cadenciosa.  En las bibliotecas se tomaban notas a puño y letra.  No dudábamos de la veracidad de los autores, pero no éramos ingenuos porque contrastábamos la información recurriendo a dos o tres enciclopedias reputadas.  Así, citábamos si mucho media docena de textos conocidos por los profesores, sin las complicaciones de las normas APA ni la suspicacia de los “copy-paste”.

In illo tempore”, escribir era un acto de plena conciencia.  Nos sobraban las explicaciones del “mindfulness” y las teorías del “flow” de Mihaly Csikszentmihalyi, por la religiosidad que exigía la tarea: silencio, disciplina y vigilancia máxima.  Las limitaciones del papel, tanto como cierta vocación de amanuense, aderezada con atisbos de refinamiento estético, hacían surgir un escrúpulo que ahora quizá parezca exagerado.  La precisión era la norma.

Sin mayores recursos para la escritura, cuidábamos cada palabra, las ajustábamos y cribábamos.  Sentíamos la responsabilidad ética del oficio.  Nos creíamos aquello de “Verba volant, scripta manent”.  En última instancia, comprendíamos la trascendencia de un texto que expresaba meridanamente nuestra naturaleza íntima, además del legado que comportaba (así lo asumíamos) el registro que quedaría guardado para la posteridad. El “delete” era un concepto aún desconocido.

Sí, lejos quedó el tiempo en el que el mundo iba despacio y la prisa era un vicio. Hoy las iglesias también sienten la urgencia: liturgias exprés, sermones rápidos, oraciones breves.  Los relojes observan la productividad de los empresarios de almas.  Claro, ya citarán la Biblia para justificar la cronofobia: “en el día del juicio, los hombres tendrán que dar cuenta hasta de lo dicho que no puedan justificar”.

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