
Afirmar que el poder gremial de los empresarios no es ejercido desde una racionalidad que sustente sus proyectos no significa, como lo he dicho en el pasado, que imposibilite una percepción de unidad en esas políticas. De hecho, aunque francotiradores, cada uno tiene claro el blanco a reducir en pro de sus intereses egoístas que, para ellos (en su fuero interno y a fuerza de repetírselo como autoengaño), son puro y duro altruismo. Así, echan mano de sus condiciones de posibilidad para aniquilar a sus opositores o para, dicho en términos atenuantes, moderarlos según cada situación.
Han probado con todo, pero lo más efectivo, al menos en la historia reciente, ha sido el control de las conciencias a través de la industria del espectáculo. Los filósofos de la Escuela de Frankfurt fueron quizá los primeros en advertirlo, denunciando la manipulación del capitalismo a través de la música, el cine, la prensa, el teatro y el arte en general.
Y como cada vez son más desvergonzados —por incultos y vulgares (casi como tarea), pero sobre todo por inmorales— no han ocultado sus proyectos, invirtiendo en el poder sedativo del espectro espectacular. La idea es fácil, como todo lo que sale de sus manos: distraer a la comunidad política para mediarla en su afán de conquista de sus propios fines: la apropiación del bien común para la explotación y el enriquecimiento propio.
Con ello, el capitalismo no solo ha alienado las conciencias, sino que ha pervertido la creación humana, la cultura y el arte en general. La vulgaridad se vuelve entonces pandémica, debilitando el espíritu de fineza propio del cultivo cuidadoso de lo humano. Así, cuando el dinero se absolutiza, uno de sus efectos secundarios es la mediocritas a la que se reduce la población.
Por si fuera poco, en la actualidad han dado pasos de gigante a través de la domesticación algorítmica. Con esto, el gremio de lo unidimensional se ha refinado y ha dado un nuevo giro de tuerca. Así, el poder de la sumisión hoy es ubicuo a través de la tecnología que lo penetra todo.
Su resultado es aún peor por la atrofia mental que genera: ansiedad, baja autoestima y depresión, entre otras bellezas del proyecto ideológico. Pero nada de ello importa a los adoradores de Mamón. La narrativa debe imponerse, a fuerza de dar cumplimiento a los caprichos del niño que los gobierna: un yo tirano, acostumbrado al atropello y al desconocimiento del valor de los otros. Ese que, si no se le manipula, es un animal peligroso para los intereses del grupo con —según ellos— características superiores.
Ponerlos en evidencia es importante, aunque les importe poco. Hay que oponer su narrativa, primero intelectualmente; luego, a través de acciones positivas que pongan, desde la justicia, a cada uno en su lugar. Descubrir la maldad del sistema y provocar la generación de un proyecto humano, inclusivo y respetuoso. Ese que favorezca el acceso de todos a los bienes públicos. Lo demás es más de lo mismo.
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