—Imagino un perro durmiendo al sol, en una balsa que navega lentamente aguas abajo, por un río ancho y tranquilo.
A. Bioy Casares, Dormir al sol
—¿Y entonces?
—Entonces –contestó– imagino que soy ese perro y me duermo.
El verbo «desertar» nunca me ha sido ajeno porque ya desde la década de los ochenta los jóvenes en Nicaragua, llevados forzosamente a la guerra, lo conjugaban de manera natural. Era la época del servicio militar obligatorio en el que, según las consignas revolucionarias, había que terminar con la invasión norteamericana.
Por ello, el título del libro de Franco «Bifo» Berardi, «Disertate», no pudo menos que arrancarme un suspiro por el recuerdo del tiempo en mis años de adolescencia. En ese contexto, «desertar» era una decisión de vida o muerte asumida por los soldados aún a riesgo de cualquier costo.
Personalmente, la deserción la he ido entendiendo como una especie de capitulación. Una «Huida», según Heidegger, que evita enfrentarnos con los grandes temas de la vida. Me cuesta percibirla, como hace «Bifo», de manera positiva, tratándola como militancia política incompatible con la indiferencia.
Para el filósofo, la deserción nace del desencanto, la conciencia de la precariedad laboral, los conflictos bélicos, el cambio climático y, en suma, de un porvenir oscuro, lleno de signos apocalípticos. Tiene razón en su diagnóstico. Lo que acontece ofrece pocos motivos de alegría. La decadencia parece acelerarse en un tránsito hacia la desaparición de la especie.
Es su lectura gris, compartida, la que lo lleva a proponer la deserción en cinco niveles: 1. Deserción al trabajo; 2. Deserción al consumo; 3. Deserción a la participación política; 4. Deserción de la guerra; 5. Deserción de la procreación. Hacer lo opuesto según él, desde el orden establecido, profundizará más el colapso mental en el que nos encontramos. Por ello, concluye, lo único que queda es bajarse del tren, encontrar nuevos sentidos y concertar un movimiento pasivista.
«Tenemos que parar todas las formas de producción de soledad de masas y de destrucción de lazos de solidaridad, tenemos que parar la cultura de la competencia, tenemos que abandonar toda forma de sujeción psicopatógena. En definitiva, tenemos que desertar. Desertar de la guerra, desertar de la política, del mundo libre y de su contrario. Desertar del trabajo precario y esclavizante».
El proyecto de cambio de Berardi es justificable. Sin embargo, su propuesta, aún con expresiones como «renuncia creativa» para imaginar lo inimaginable, parece más una invitación que hace el juego al sistema. Sentimiento parecido que me hizo recordar el famoso Indignez-vous! de Stéphane Hessel. Como que fuera suficiente la indignación para rescatarnos de la bancarrota mundial.
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