El resultado de la corrupción

La corrupción del alma es más vergonzosa que la del cuerpo.

José María Vargas Vila

Más allá del problema de la corrupción que nos invade se encuentra la crisis social que atravesamos como país.  Y sí, ya tenemos bastante con el expolio, el tráfico de drogas, la ingobernabilidad y la falta de servicios básicos, pero no es todo, hay que sumar la postración nacional que nos limita para la vida gozosa en circunstancias que nos impiden como sociedad sentirnos satisfechos.

Esto lastima tanto o más que la pobreza misma porque atañe a nuestra fibra fundamental.  Me refiero al desánimo de la comunidad que al no encontrar salida, abandonados a la desesperanza, se hunde (nos hundimos) en un estado espiritual que obstaculiza ser felices.  De ese modo, solo queda la falsificación, los subterfugios o coartadas por la vía del consumo, por ejemplo, para llenar los vacíos.

El efecto no es otro que la alienación.  La vida se nos escapa de las manos al no poder con todo.  Nuestro ámbito de acción queda tan reducido, que la poca autonomía es mal gobernada en búsqueda de salvavidas que nos permitan llenar los pulmones.  Quizá esa sea la idea de esperar las fiestas o inventarlas para buscar el equilibrio a través de sucedáneos que a la larga nos hacen mal.

Salimos peor con nuestra mala economía personal, nos endeudamos, dañamos la salud y hasta adoptamos conductas de riesgo.  El resultado no es halagüeño para nadie, menos aún para las jóvenes generaciones que absorben nuestras malas vibras y nos toman como modelo.  Con esto se propagan acciones que no nos ponen a la altura de una ética ejemplar.

Cuando se generalizan esos comportamientos, ya he dicho, a causa del contexto perverso, se produce una cultura enfermiza.  Esto es, casi todos sufriendo atrofias: depresión, alcoholismo, violencia, frustraciones, complejos, problemas de identidad y torpe manejo personal, entre otros males.  Con esto se cumple un círculo que nos pone muy lejos del ideal de desarrollo humano.

Quizá debamos sumar a las causas de las condiciones deplorables la crisis generalizada de las humanidades que nos expone a lo superficial. Ya no solo carecemos de foco, es que el objeto incluso ha desaparecido.  El tema que quizá antes era baladí ahora se ignora, hay un vacío conceptual pasmoso que nos pierde.  Eso hace que vayamos a tientas y seamos incapaces de sortear los baches, cayendo más frecuentemente en ellos, con los costos que conocemos.

En consecuencia, es necesario reconocer nuestro estado para procurar el cambio.  Advertir el daño de la podredumbre nacional, el alcance de su resultado en todas las esferas de nuestra vida y oponerse a lo que parece nuestro destino.  Hay que operar, debemos sentirnos dueños de lo nuestro y administrarnos con eficiencia.  Quizá convenga también leer más, abrirnos a la crítica y desaprender las viejas conductas.  Eso requerirá, qué duda cabe, mucho empeño.  Pero vale la pena intentarlo.

Publicado por Eduardo Blandón

Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo.

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