El reino de la impunidad y la corrupción

Decir que vivimos en el reino de la impunidad no es casual.  Deriva, según su concepción, de las características propias de un estado que se nos sugiere no podemos cambiar.  Aunque sea involuntariamente nos hace creer que el sistema es así y que es inapropiado querer modificarlo sin desentonar y aparecer raros.

Como reino cuenta con un rey, un sátrapa o tirano que, en nuestro caso, el presidente, gobierna con desparpajo para saquear las arcas.  Es “Il capo dei capi”, o así le correspondería según el libreto, porque al ser legión, la banda de ladrones tiene que compartir la riqueza obtenida al margen de la ley.  Sí, no está solo, hay una banda de aventureros que le acompañan.

Los he llamado aventureros, pero son menos que eso, delincuentes, carteristas… viciosos de lo mal habido.  Se ubican a lo largo y ancho de los poderes del Estado.  La cueva mayor quizá sea el Congreso.  Su presidente es la cabeza visible, pero hay muchos cuya estrategia es pasar desapercibidos para cumplir con su vocación carroñera.  Cada uno de la mayoría de ellos apesta porque el lugar es pútrido, fecal, un vertedero tóxico nacional.

El reino tiene sus ministros, algunos quizá con buena voluntad, uno que otro tonto útil, todos saben del estercolero nauseabundo de sus oficinas.  La corrupción campea con libertad en cada rincón de los espacios públicos, pero no todos son abusivos, hay excepciones cuyo único pecado es hacerse de la vista gorda porque, seamos justos, de algo hay que vivir.  La caca es inocultable… dicen que hasta clama al cielo.

La perdurabilidad del reino es posible gracias a una clase media tolerante. Profesionales mediatizados incapaces de crítica y asunción de posturas beligerantes.  El pugilato ha quedado aplacado por razones religiosas, ya sabe usted, el opio referido por el perverso economista alemán.  Además, al ser una cultura de inspiración individualista, el prójimo, los hambrientos y excluidos, “valen madres”.

Vale la pena activar la rebeldía en el reino de la perversión para recordarles a sus protagonistas que no nos olvidamos de sus tropelías.  Que conocemos su voracidad y sus vicios, la corrupción, la maledicencia y su hipocresía.  Avisarles que su doble discurso no nos cala porque nos basamos en los muchos hechos torcidos que ejecutan primorosamente.  Que su enanismo ético aderezado con sus míseras invocaciones religiosas nos repele y nos vuelven ateos de su religión a Mammón.

En fin, el discurso nos sirve para afianzar la esperanza y operar con paso firme y constante un nuevo advenimiento.  Que no hay mal que dure cien años.  Ya veremos rodar cabezas y emborracharnos de júbilo para celebrar la derrota de los corruptos.  No es imaginación, es el cumplimiento de algo que parece una ley y ha sido la regla en la historia de la humanidad.

Publicado por Eduardo Blandón

Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo.

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