El coronavirus y nuestra condición de caídos

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Suelo escuchar podcasts de tecnología, la mayor parte publicados por españoles, y debo decir que hasta no hace muchos días se tomaban a coña el tema del coronavirus.  Lo minimizaban y hasta se reían de los “exagerados” que propalaban el miedo.  Desafortunadamente, el ahora famoso Covid-19 ha demostrado con tantas muertes que no era una fábula y que había que tomarla en serio.

¿Por qué esa tendencia muy nuestra a minimizar los problemas?  Quizá, me aventuro, como resultado del deseo de atenuar sentimientos incómodos. Puro mecanismo de defensa.  Quizá el cerebro active estados de felicidad fundados en la fantasía, paraísos inexistentes, útiles para escapar de la amenaza en ciernes.

Y como lo nuestro es transitar en automático, rara vez cavilamos en lo que nos sucede.  Apresurados, o quizá a veces por pereza, optamos por nuestros propios instrumentos reptilianos de navegación.  Así, muy sofisticados, con “smartphones” llenos de aplicaciones, en realidad no dejamos los hábitos primitivos que son en verdad la clave de nuestras infortunadas conductas.

Eso sí, muy prestos, por esa predisposición a la descalificación, hacemos guasa de “lo que no conocemos y apenas sospechamos”, como dice el poeta.  Nos reímos como enfermos mentales a veces sin sospechar el grado de estupidez no obstante el pedigrí intelectual ostentado.  La oligofrenia no es un hecho raro entre los sapiens (convenzámonos que es un mito el paso “De animales a dioses”, según nos ha dicho Yuval Noah Harari).

Vamos, el caso de los “podcasters” es solo un ejemplo de nuestra condición.  No pretendo satanizarlos.  Solo representan ese estado de caídos, que desde la perspectiva del buen Heidegger, participamos todos los seres humanos.  Se trataría, en consecuencia, de superar esas irregularidades de carácter en virtud de la ramplonería tan común en la contemporaneidad.

Estamos frente a una pandemia global que amenaza todavía muchas pérdidas humanas.  Debemos asumir acciones positivas no solo para defender nuestra propia vida, sino para proteger a la comunidad (familia, amigos y sociedad en general).  Eso solo ocurrirá si, al tiempo que nos reímos para desestresarnos, encarnamos una ética ejemplar que sirva de apoyo en este período de crisis.  Hagamos que prive la sensatez en medio de nuestras manías y tendencias tan peculiares.

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