
Afirmar los valores es una de las tareas más irrenunciables en el transcurso de la vida. Lo es, no desde una suerte de moralismo que defiende militantemente un único horizonte, como un fundamentalismo, sino como convicción personal de un autodescubrimiento que supone la decisión de crecer.
Pienso, por ejemplo, en la esperanza, la virtud teologal que también ha sido apropiada por la filosofía desde una interpretación más secular. Defenderla, asumiéndola, es capital como condición comprensiva y ética que permite un terreno más ajustado a la realidad, a veces difícil de entender.
La dificultad no es arbitraria ni carece de evidencia, dado un conjunto de hechos en los que parece privar un sistema que todo lo determina. Eso que parece inequívoco es la premisa que condena a la fantasía cualquier intento de interpretación alterna. De este modo, la esperanza es una especie de ilusión abrazada con artificio por espíritus, o bien cándidos o, aún peor, ignorantes.
Con todo, considerar la esperanza como “virtud” ayuda a comprenderla. Por ello, su posesión exige voluntad, esfuerzo y dinamismo; no se llega a ella desde la complacencia que imponen fácilmente los sentidos. Cultivarla es un imperativo de acción que abre la imaginación a posibilidades que niegan el destino ciego impuesto por el peso de realidades absurdas.
Requiere fortaleza; es, de nuevo, una “virtud”. Pero no voluntad de poder, sino de saber. El conocimiento intuitivo, que más allá de la verificación de los hechos, mensurables y elevados a veces a la categoría de científicos, alcanza una visión distinta. Esa percepción es accesible para todos, a condición de una reflexión reiterativa que despeje lo que ocultan las circunstancias de la vida.
El estoicismo tan de moda en nuestros días es todo lo opuesto. Vivir en modo de esperanza dista de aceptar una providencia que sentencia nuestra suerte. Esperar no es resignar. Consiste más bien en “saber” la realidad episódicamente, como momentos abiertos con un sentido por ahora desconocido. Es, no se puede decir de otro modo, una “fe”, pero inmanente.
La inmanencia puede oponerse a la trascendencia, pero pueden convivir, me parece. La esperanza, por ello, según creo, solo es posible a condición de afirmar una posibilidad captada fuera de la realidad sensible. Intuición es la captación de lo invisible: afirmación de evidencias extrarracionales descubiertas por un sentido distinto.
La desesperanza actual es producida no solo por la premura de la vida, sino por la influencia de un presunto realismo que acepta las condiciones impuestas. La percepción de un mecanismo que subyuga convertido en ley. Rebelarse a ese dictum exige reimaginar la realidad y refundar una ética a la altura de lo que exige ser mejores. Lo demás es pequeñez, vida mínima, decrecimiento personal.
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