El despertar de la conciencia en tiempos decisivos

El necio duerme como si ya estuviera muerto, pero el maestro está despierto y vive para siempre. Él observa. Tiene claridad.

Budha

Hay momentos que por su valor tienen un significado que trasciende la cotidianidad.  Circunstancias en las que se hace necesaria su conciencia y que debería llamar a la reflexión.  Uno de ellos, creo, es lo que ocurrirá mañana en los Estados Unidos donde se elegirá al próximo presidente de ese país. 

Estar despiertos, ocurre por la vigilia, enterarse de que la vida tiene espacios que pueden afectar y hay que prever.  Es Dios haciéndose notar, sin disimulo, con rumor.  Forzando la atención que merece su dignidad según nuestros límites. Hallarlo es hallarnos.  Captar sus signos y crecer.

Por desgracia no siempre es tarea fácil.  Ocurre por las distracciones diarias, el placer de jugar, convertidos en vagos.  Diletantes del tiempo, derrochado por la ignorancia de un proyecto fallido.  Ese quien urge la juerga que devora el presente con desprecio y sin culpas.

A veces hay que estar presentes.  Disponibles para los escenarios.  Despiertos.  Evocar ese haz de conciencia que habilite el protagonismo requerido.  Urgir desde una comprensión que estructure la personalidad ética.  El sentimiento del valor de la vida consciente, responsable y comprometida. 

Las elecciones en los Estados Unidos sirven de pretexto como un hecho trascendente, pero no es el único.  También las guerras, el hambre, el cambio climático y las nuevas formas de servidumbre son un llamado a repensarnos.  Apercibir críticamente a sabiendas de los límites mientras no se milite con voluntad de cambio.  

Renunciar al intimismo que nos reduce a la egolatría es fundamental para crecer.  Y con ello, salir de esa especie de año sabático aprovechado por los operadores del mal.  Todavía hay tiempo de rescatar el proyecto humano.  La esperanza debe ser ese sustrato que abra horizontes cuando todo parece perdido. 

El cambio empieza con una mirada, la experiencia de la exterioridad que nos llama.  Ese otro que me redescubre con su luz.  No hay otro camino para la epifanía que el del encuentro.  El trato por el que, al tiempo que urdimos posibilidades para un mundo en ruinas, nos hace nuevos y, por supuesto, mejores.


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Publicado por Eduardo Blandón

Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo.

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