El camino del silencio

Aquel que no entiende tus silencios, lo más seguro es que tampoco entienda tus palabras.

Elbert Hubbard

Hay que asumir el silencio como espacio vital, no como reducto en momentos incómodos, sino como prevención.  Abrazarlo reconociendo su valor: el estado de crecimiento que condiciona lo que toca, la paz compartida y necesitada por los que amamos.  En situaciones de ansiedad, en el mundo presuroso, el silencio es bálsamo para el que sufre.

Callar a veces es una forma de protesta.  Señalar las falencias con afecto, confiando al tiempo las posibilidades de cambio.  Es dar una oportunidad porque se cree en la humanidad, por la valía de una historia, por indulgencia, pero sobre todo por un sentimiento.  Hacer silencio es aceptar las caídas sin juicios ni tribunales que recriminen a quien se ama.

El espacio que impone apagar la voz es presencia, la forma pertinaz que acompaña en la prueba.  Significa participar desde lo íntimo, en medio del caos, cuando se hacen reformas.  No es privación, es vigilia constante que sostiene un proyecto común ratificado más allá de las emociones.

Afirmar los sentimientos excede las convenciones del mundo físico.  Es reinventar momentos desde la distancia. Aprender a separarse, ofrecer la distención, re imaginarse para crecer y madurar.  Necesitarse de modos diferentes, encontrar imperativos que urjan afectos en escenarios distintos.  Potenciar las relaciones en ausencia de lo sensible.

El silencio es esperanza, genera vida, comporta novedad.  Es un ecosistema radical que dilata en su dialéctica de lo negativo.  Su lógica no siempre es comprensible porque al separar y poner entre paréntesis hace que gobierne el azar.  No hay certidumbre en la narrativa de lo ausente.

Transitar esa inseguridad es prueba de afecto.  Consiste en re andar sendas e inaugurar caminos.  Lo suyo es el premio a la autonomía, el regalo de la libertad, el obsequio devenido en perla.  Ese don, fruto de la espera, es el triunfo de la vida, la gratificación a una apuesta ciega y absurda.

Un plazo, en consecuencia, oxigena, llena de aliento y reanima.  Supera la tregua del que se aleja dudoso y espera milagros.  Saber esperar no interrumpe.  Como en la música, es esa nota que conforma la melodía en una pieza que, aunque imperfecta, la ejecutan juntos.  Nada sobra en esa sinfonía cuando se comprende la obra total.

Publicado por Eduardo Blandón

Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo.

2 comentarios sobre “El camino del silencio

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