Los límites del individualismo

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El fuerte acento individualista como consecuencia del modelo liberal que nos induce a pensar en nosotros como sujetos aislados es un elemento condicionante del desarrollo.  No solo impide el crecimiento económico, basado en las ventajas ofrecidas por la cooperación, sino el establecimiento de una cultura de bienestar integral que afecta también el desarrollo humano de una comunidad política.

Se nos ha hecho creer que el egoísmo es una virtud social en tanto que alcanza las necesidades de los demás.  Migas que caen de la mesa con germen de desarrollo. Así, los plutócratas, los que viven de la explotación de los bienes comunes, se erigen como los grandes modelos de filantropía, muy al estilo de Bill Gates o las compañías que al vender hamburguesas en una campaña donan sus ingresos.

Ese egoísmo trascendental y enfermizo, en el universo privativo del relativismo y la verdad impuesta por las ideologías contemporáneas, ha sido tan eficaz que la hemos asumido como ejemplar.  En el mundo de valores invertidos, la solidaridad es una virtud de hermanas de la caridad, ineficaz, inútil, tonto.  El amor al prójimo pasa por arcaico, medieval y hasta sospechoso: es cosa de comunistas.

Nuestros altruistas, que son una especie de santos seculares, hablan de las ventajas del sistema que ha creado riquezas como nunca.  Callan, sin embargo, las grandes desigualdades del modelo en el que muchos están excluidos y condenados al hambre y a la miseria.  Fuera de un sistema mínimo de bienestar, sin vivienda, salud y educación, entre otras oportunidades básicas.

La vigencia de ese pensamiento profundamente anti humanista ha provocado, más allá de las miserias económicas, una ética pavorosa que nos impide crecer según nuestra naturaleza.  Así, la maquinaria ha producido sujetos disfuncionales, sin afectos ni habilidades sociales que les permitan posibilidades de vida plena.  Sociedades inorgánicas, perversas, practicando un onanismo con orgasmos solitarios en los límites de lo efímero.

Sin ninguna referencia a lo absoluto, no hemos ni siquiera asumido el proyecto secular ilustrado de la “fraternité”.  Quizá sean los franceses del siglo XVIII demasiado medievales aún, portadores de valores metafísicos que la sociedad capitalista ha debido renunciar en nombre de la libertad que es el valor supremo de la ideología.  Sí, un discurso de “Fratelli tutti” no es para nosotros.

Afirmar una crítica al individualismo contemporáneo es condición necesaria para salir de la lógica de la miseria.  Ejercer distancia intelectual y moral, no ya solo con fines epistemológicos, sino sobre todo con vistas a la creación de una cultura en el que, accediendo la comunidad de los bienes, podamos permitirnos un mundo mejor, fecundo y feliz.

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