Ética desventurada

Usted los ve honorables y decentes.  Elegantes, de buen hablar, con refinada educación.  Entre ellos los hay religiosos, predicadores de la moralina: la defensa de la vida, la protección del derecho a la libertad, los peligros de la experimentación en humanos y los efectos benéficos de la justicia.  Pero son solo apariencia.  En su interior practican una ética libertina en la que consienten la explotación, la indiferencia y un racismo poco solapado. Se siente especial, en una especie de arrogancia por pertenecer a otro género -una raza en la que afortunadamente le tocó vivir- (sin merecerlo, se dice con falsa humildad).

El sujeto al que me refiero ama la buena vida, los amigos de clase, el jet set.  Puntualmente da el diezmo porque piensa que debe ser tan generoso como su Dios.  A veces invita al cura, a su pastor o su equivalente a casa, lo trata como el representante del Altísimo.  Está orgulloso de la educación religiosa que ofrece a su familia.  Al rezar pide que ninguno de sus hijos le salga torcido, con preferencias extrañas, anormales, sesgadas.  Los quiere sanos y exitosos, dignos de la herencia recibida por la familia de la que siente orgulloso.

Eso sí, nuestro espécimen practica una religiosidad particular, no paga lo justo.  En la finca explota a sus trabajadores y, si puede, extorsiona al Estado.  Lo de la justicia social no va con él.  Irrespeta a sus empleados, los maltrata, suele ser altivo y muy patán de trato.  Al afirmar la productividad, no consiente el ocio ni el derroche del tiempo: “time is money”.  Por justicia explica que no es su responsabilidad la salud de sus mozos ni tampoco su educación: para eso paga impuestos, es tarea del Estado.

Hombre rudo, de pocos libros, bastante vulgar y de mal gusto, extiende su universo a todos.  Casi nada se libra de su manía por pontificar.  Es un Papa en su finca o en su fábrica.  Cree que rige los destinos de los que le rodean: su esposa, hijos, amigos y trabajadores.  Se siente facultado por el dinero.  Al juzgar que los demás son de su parroquia, subyuga a sus fieles.  En su fuero interno se considera una deidad providente, el mediador que distribuye los bienes recibidos de lo alto.

Sí, no parece el monstruo que es.  Lo disimula bien.  Es un fisiquín, de dulce sonrisa y gestos delicados.  En su discurso público habla de lo mal que lo pasan los pobres en el país, de la violencia que impide la paz, de la satrapía de los políticos… lagrimea.  Siente el fracaso de “su” Guatemala.  Así, evoca con odio a la izquierda, los comunistas, la cooperación internacional, la intromisión externa.  Piensa en la debilidad de su gremio organizado, en la parálisis del sistema que no es más violento para acallar a los malos guatemaltecos.  No cree en el diálogo porque la razón debe imponerse y la masa es manipulable: hay que protegerla de las ideologías equivocadas.

No se siente santo, pero tampoco impío.  En realidad, tiene buena voluntad.  En su finca nadie muere de hambre y paga con puntualidad.  Quisiera hacer más, pero no le salen las cuentas y sabe que no es madre Teresa.  Además, sostiene, los empleados son malagradecidos, recurrentemente haraganes.  Por principio, no debe dárseles nada regalado, no lo aprecian.  Sabe que muchos no lo quieren, pero no le importa.  Tampoco Jesús les cayó bien a todos.  Finalmente, se dice, “si no les gusta, pueden irse de mi empresa. La libertad, ante todo”.

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