La caída libre del Rey

Juan Carlos I está de moda y no, supongo, como le habría gustado a él.  La prensa española se refiere al monarca como el político empeñado en destruir su legado, al perecer merecido, a través de deslices continuos sin que aparentemente tuviera conciencia de sus tropelías.  Su imprudencia ha superado la sensatez y ahora paga la gestión adolescencial en plena decrepitud de los años.

Usted ya conoce quizá el historial.  Comenzó su caída libre con la noticia de que el Rey se había roto la cadera al caerse en Botsuana en unas vacaciones de lujo, mientras los españoles vivían sumidos en plena crisis económica.  Andaba de caza de elefantes con su amante, Corinna Larsen, y unos amigos saudíes.  Lo demás, es literatura del bajo mundo periodístico, pero no por ello falaz ni carente de importancia para el futuro de la corona. 

Lo del Rey puede servirnos como pretexto reflexivo y no necesariamente porque nos ataña la política trasatlántica (que ya tenemos mucho con nuestro inframundo político), sino por afanes pedagógicos aplicables a nuestra vida. Lo primero a considerar es la pérdida de conciencia del lugar ocupado quizá por el artificio del mundo creado a su alrededor.

Llama la atención, por ejemplo, el comentario que el Juan Carlos I hace a un amigo sobre su preocupación económica al dejar la corona. La prensa relata el evento así: “En 2010, el por entonces Rey de España le confesó, con una preocupación casi obsesiva, que una de las cosas que más le atormentaban de abdicar era la de no tener suficiente dinero una vez dado el paso. El amigo le respondió con una pregunta que el Rey no contestó: ‘¿Pero, para qué quieres tú el dinero, si siempre tendrás un pase de Iberia para viajar donde quieras, si tus amigos saudíes siempre te prestarán sus apartamentos para que te alojes donde te dé la gana?’”.

En segundo lugar, esa vida estratosférica y ausente lo exponen además a un sentimiento de omnipotencia.  Quiero decir, a la idea de que su legado está por encima de todo y que, por lo tanto, la impunidad está asegurada.  El pensamiento de que la sociedad le debe algo y que sus pecadillos habitualmente estarán por debajo de su capital simbólico.  Por ello, no solo se fotografía orondo frente al elefante cazado (a 50 mil dólares la pieza), sino que gestiona a la carta negocios dudosos (la prensa ha revelado los detalles de sus cuentas en Suiza y las idas y venidas de su abogado con maletas llenas de dinero).

Como puede ver, el Rey de 82 años ha actuado como un mozuelo caprichoso merecedor de su vida loca.  Podemos hasta presumir de que les cobra a los españoles las privaciones de su juventud, su vida en el exilio, las crisis sufridas en su fuero interno, sus equilibrismos políticos en los años en que su país más lo necesitaba.  O sea, una compensación que en su caso está más allá del adulto mayor que empieza la etapa de su jubilación.

Con todo, sabe ahora el aprieto en que se encuentra.  Su hijo, Felipe VI, quizá ha contribuido en llamarlo al orden.  Pero no hay vuelta atrás, la realidad se impone y no queda sino ver hasta dónde llegarán los efectos de su mala administración personal.  Y sí, tiene razón el Rey emérito cuando confiesa con amargura a su amigo: “Los menores de 40 años me recordarán solo por ser el de Corinna, el del elefante y el del maletín”.

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