De niñatos y poshumanos

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En una sociedad donde priva lo inmediato y no soporta postergar, sacrificios tales como quedarse en casa pareciera una hombrada de dimensiones cósmicas.  Como que semejante acto titánico debiera valorarse porque “¿dónde se ha visto una cuarentena de tal magnitud?”.  Así, diminutos, con una moral de niños de pecho, pretendemos premios por la obligación de quedarnos bajo techo por dos semanas.

Eso habría hecho reír a esos hombres y mujeres que en la antigüedad practicaban el estoicismo y valoraban la lucha cotidiana como expresión de un carácter superior.  No me refiero a los conventuales encerrados en una cartuja o a los hijos de san Benito en esos conventos medievales empeñados en su “ora et labora”, escribo de los obreros y campesinos afanados en sus trabajos para cumplir la misión que creían imperativa para transformar el mundo.

El progreso, sin embargo, no ha sido parejo.  Así, mientras hemos desarrollado la ciencia y la técnica, cuando vemos con desdén a los primitivos y los juzgamos bárbaros, hemos empequeñecido no solo nuestro espíritu sintiéndonos singulares, sino la humanidad que exponemos desvergonzadamente como pigmeos.  No nos hemos convertido en nada, nuestro drama más bien es habernos quedado exiguos.

En eso consiste nuestra incapacidad de trabajar juntos por un ideal común y el sufrido lloriqueo por ignorar qué hacer en casa.  Es que somos niñatos que no sabemos ni siquiera amar.  Erotizados y pansexualizados vivimos para los micro orgasmos cotidianos, siendo felices con poco, muy urgidos de atención. Existiendo con la irresponsabilidad del eterno adolescente sin compromiso ni propósito.

No sé si me doy a entender.  No hago apología del masoquismo.  Creo en la vida buena y el disfrute de los bienes a nuestro alcance.  Lejos de mí la vida flagelada de esos religiosos que se azotaban -o aún se azotan- con perversidad.  Es más bien un llamado de atención a superar esas conductas que nos impiden estar a la altura de los tiempos para asumir la vida virtuosa.  Digamos que quiero aprovechar las circunstancias actuales para sacudir las conciencias (en primer lugar la mía, evidentemente) y despojar los corazones aherrumbrados de quienes ocasionalmente me leen.

Tengo claro que, al igual que una golondrina no hace verano, un artículo menor como este no cambiará la moral social que priva en nuestros días.  Sin embargo, cabe el ensueño, la ilusión quizá justificada en el cálculo de probabilidades, de que algún lector díscolo o, mejor, una buena conciencia, tome nota y haga renacer ese hombre o mujer nuevos que tanto necesita la contemporaneidad.  En ese caso, ahora sí, podríamos hablar del surgimiento de lo “poshumano”. 

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