La vida amarga

La vida fuera más sencilla si dejáramos de preocuparnos de muchas cosas, la economía, los afectos, la política, los deportes y hasta nuestra apariencia personal, las dietas, el ejercicio y la salud.  Vivimos empeñados en hacer de nuestra vida un suplicio constante, sin darnos cuenta de que nos consumimos en aquello que Sartre llamaba “pasión inútil”.

¿Por qué participamos de semejante experiencia desgastante?  Quizá porque somos demasiado sentientes y vivimos condicionados por esas sensiblerías que cuentan tanto en nuestra conducta.  Al punto que no podemos pensar sino desde ese horizonte sensible.  Como decía Nietzsche, “nuestros pensamientos son las sombras de nuestros sentimientos, siempre más oscuros, más vanos, más sencillos que éstos”.

Se trata la existencia, entonces, en acostumbrarnos a lo que Darío llamaba “el dolor de ser vivo”.  Porque la vida es eso, una especie de fatalidad al experimentar cotidianamente una herida expuesta sin que apenas podamos curar.  Una fatalidad, según el vate nicaragüense, quizá fundada en la enseñanza de Buda, aunque él no la viviera.  Recordemos que el poeta, al decir de Unamuno, más que apasionado era sensual; “sensual y sensitivo”.  Incansable bebedor, testimonió Ricardo Baroja.

Y es que si la vida es sufrimiento tenemos que intentar evitarlo.  No es otra la intención del iluminado al referirse a las Cuatro Nobles Verdades y una de las funciones de las religiones para superar la tristeza en el “lacrimarum valle”, un espacio de padecimientos que debemos soportar estoicamente, esto es, con resignación.

Más profanamente podríamos decir que la industria humana consiste en la vida buena o quizá como diría Victoria Camps, en el gobierno de las emociones.  O sea, aspirar a no dejarse atrapar por el ímpetu del momento, la seducción de instante o el embrujo del ahora, con tal de orientar la vida hacia buen puerto, superando los cantos de sirena con ese carácter probablemente más propio del guerrero.  Camps resume la utopía de la siguiente manera:

Llevar una vida correcta, conducirse bien en la vida, saber discernir, significan no solo tener un intelecto bien amueblado, sino sentir las emociones adecuadas en cada caso. Entre otras cosas, porque, si el sentimiento falta, la norma o el deber se muestran como algo externo a la persona, vinculado a una obligación, pero no como algo interiorizado e íntimamente aceptado como bueno o justo”.

He dicho “utopía” porque aprender a vivir no es fácil.  Somos arrastrados por principios o estructuras personales que, si no nos gobiernan, obstaculizan nuestras decisiones alejándolos del anhelo de una existencia gozosa.  Y nada más difícil que el equilibrio en ese maremágnum de emociones que experimentamos con tan solo respirar.  Es la triste realidad, Darío lo sabía al concluir que “la vida es dura. Amarga y pesa”.

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