
Hubo un tiempo en que la ética se refería a los escrúpulos como aquella especie de estado en el que la conciencia “sobresentía”. Una suerte de hipersensibilidad que ofrecía malestar casi por cualquier acto que se identificaba como malo. La conciencia escrupulosa no sentía paz por juzgarse todo el tiempo de manera rígida.
Los moralistas hablaban de ella casi como de una enfermedad, un movimiento afectado que llevaba al confesionario de manera continua. Los confesores, cuando conocían al penitente, en su función de terapeutas, aliviaban el alma perturbada y los invitaban quizá no al relajamiento, pero sí a conformar su corazón a la benevolencia divina. El pensamiento de que Dios, más que un juez severo, era pura bondad, perdón y misericordia.
Lo anterior es parte de un pasado que algún joven lector apenas comprende. Un arcaísmo que no refleja la realidad porque lo actual es todo lo contrario: la anestesia del espíritu. El inescrúpulo es ese fenómeno en el que la conciencia está como ausente, arrobada, insensible, sin enterarse de la maldad que provoca, acelerando más bien el daño que inflige.
Sucede en la esfera política, en los partidos que roban las elecciones, en el ministro que miente, en el servidor público que no presta servicio. El burócrata sin escrúpulos no siente que hace el mal; practica la corrupción con desparpajo, incluso socializa su picardía, se siente modelo de vida y triunfante en una comunidad que juzga derrotada, poco inteligente y perezosa.
El inescrupuloso anda por la calle, en el tránsito. No es generoso, atropella e insulta. Si va en moto, quiebra retrovisores. En casa insulta a su pareja y la manipula, la reduce a la servidumbre; con los hijos no es diferente. Echa en cara sus actos “generosos” y exige paga por su sacrificio. Es un perverso, pero no lo siente así porque lo aprendió con los amigos y con sus padres, aunque los domingos vaya a misa y se santigüe.
Nada se salva del que no tiene escrúpulos. Quizá el proceso sea progresivo: pequeños hurtos, mini traiciones, agresiones disimuladas, hasta que la conciencia queda justificada por una cultura que tampoco está a la altura, más que por la descristianización, quizá por una deshumanización que encumbra el dinero como absoluto de acción.
Sin olvidar ese ajetreo productivo por el que las personas son incapaces de reparar sobre sí mismas. Eso que en el pasado se llamaba “examen de conciencia”: la oportunidad de considerar el crecimiento personal, el impacto de lo que hacemos, la maldad inconsciente o consciente que a veces provocamos simplemente por vivir.
La buena conciencia no garantiza la bondad de nuestros actos, pero permite el esfuerzo por ser mejores al ajustarnos a lo que somos y a lo que estamos llamados a ser. Lo demás es el universo de lo inauténtico, la vivencia de encarnar una identidad falsa que no solo nos traiciona, sino que extiende el mal en todo lo que toca.
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