Este miércoles está previsto el inicio del cónclave que elegirá al próximo líder de la Iglesia Católica, una institución significativa tanto para quienes comparten la fe desde esa tradición como para quienes se sienten ajenos o distantes de Roma. Los expertos suponen que la elección no será prolongada, aunque nadie puede anticipar con certeza la decisión final de los cardenales.
Sea como fuere, será fundamental que los príncipes de la catolicidad acierten al elegir al sucesor de Francisco, quien deberá dirigir una orquesta global llena de voces disonantes. Y no solo eso: el contexto geopolítico actual, junto con las crisis derivadas de desafíos profundos —como el ecológico o el impacto de las tecnologías—, plantea serios desafíos a una organización que envejece.
Ya sé que los fieles confían en la acción del Espíritu Santo y se distancian de quienes, más profanos, ven —o vemos— la maldad en cada esquina. Yo, por mi parte, me atrevo a mojarme un poco y expresar el tipo de Papa que desearía para la Iglesia, con la intención de provocar asentimientos o rechazos. Aquí voy.
En primer lugar, anhelo un Pontífice con una experiencia espiritual profunda. Eso que solemos llamar «un hombre de fe». Un líder piadoso, habituado a la oración, que adopte una perspectiva radicalmente evangélica. Un verdadero párroco romano comprometido con el seguimiento de Cristo.
Ahora bien, la dimensión espiritual debe ir acompañada de cualidades humanas que refuercen su liderazgo. Me refiero, por ejemplo, a la inteligencia, esa capacidad de intuición que permite actualizar la comprensión de la Biblia. Una especie de sabiduría capaz de iluminar con eficacia a los líderes del mundo.
También desearía un Papa con coraje profético. Una autoridad valiente que denuncie los abusos de un mundo entregado a la corrupción. Un testigo, abandonado en Dios, que defienda a los excluidos sin temor a enfrentarse —con nombre y apellido— a los políticos protagonistas de la necrofilia que se ha extendido en la humanidad.
Y si ya vamos siendo realistas, me conformaría con un líder prudente, capaz de generar consensos. Equilibrado. Lleno de bondad, sí, pero con el carácter suficiente para tomar decisiones que beneficien a la Iglesia. Que asocie su tarea con mujeres que aporten esa perspectiva diversa y fecunda al pastoreo universal.
Debe ser un buen director de orquesta. Con oído fino para que los concertistas den la nota justa. Y si no lo hacen, que sepa reubicarlos, con caridad y firmeza, en el lugar que les corresponde según su misión. ¿Existe un perfil así? Espero que sí. La Iglesia no puede permitirse figuras que reproduzcan lo de siempre: paganismo, autoritarismo, populismo y tantos otros males que ya conocemos.
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Maravillosa columna, querido Eduardo. Profunda, realista, equilibrada. Gracias por escribirla.
“…la dimensión espiritual debe ir acompañada de cualidades humanas que refuercen su liderazgo. Me refiero, por ejemplo, a la inteligencia, esa capacidad de intuición que permite actualizar la comprensión de la Biblia. Una especie de sabiduría capaz de iluminar con eficacia a los líderes del mundo.”
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Gracias a ti, Nicté. Me llena saber que te ha gustado el texto. Un abrazo para ti.
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Excelente Eduardo. Me encanta y comparto lo de un buen director de orquesta. “Con oído fino para que los concertistas den la nota justa. Y si no lo hacen, que sepa reubicarlos, con caridad y firmeza, en el lugar que les corresponde según su misión”. El próximo sumó pontífice tiene el reto más grande que es guiar a una Iglesia que ha sido fisurada por el egoísmo, la corrupción y la falta de amor al prójimo.
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Gracias por el comentario, Thelmita. Coincidimos en el tema. Saludos 👋🏻
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