Sobre la disfuncionalidad y los vicios nacionales

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La majadería de Alejandro Giammattei parece ser la característica principal de su personalidad.  No nos importaría, sin embargo, su conducta colérica, su inhumanidad ni altanería si no fuera porque es el presidente de Guatemala y tenemos que lidiar con su falta de educación y malacrianzas.  Es soberbio, mentiroso y, peor aún, incompetente.  Con una ética indecorosa e impresentable.

Logró llegar al más alto puesto de gobierno no por sus cualidades, sino porque los guatemaltecos lo creyeron una pizca mejor que Sandra Torres.  Es el resultado no de una preferencia de virtudes, sino por ostentar menos bajezas.  De ahí que muchos ciudadanos optaron por el voto nulo o la abstención, no se prestaron al juego de una democracia disfuncional que legitima ladronzuelos y banda de criminales.

Con todo, el antipático gobernante no está solo, comparte la inquina poblacional con la mayor parte de Diputados.  El más conspicuo entre ellos, Allan Rodríguez, el presidente del Congreso y figura visible de la corrupción.  Rodríguez es un advenedizo en el mundo político, pero al ser maleable y tener ambiciones desmedidas, es un personaje a la medida de la corrupción.  Eso sí, un inescrupuloso de sonrisa permanente con la que intenta ocultar su mala catadura e impostura que afectan al país.

Ellos, el malencarado presidente de Guatemala, Rodríguez y su corte de saqueadores del Congreso, no están solos. ¡Qué suerte tienen!  Participa también en el descalabro nacional y es pieza fundamental, María Consuelo Porras, nuestra flamante fiscal general y jefa del Ministerio Público.  Anémica, cuando se trata de laborar contra los criminales del Estado, es voluntariosa si el propósito es debilitar a la Fiscalía Especial Contra la Impunidad (FECI).  Pieza de colección y una inolvidable es quello de, “(…) para mí – Jimmy Morales- es un buen aliado contra la corrupción”.

La suerte del país no concluye con estos personajes tremebundos.  El cuadro lo completan sindicalistas como Joviel Acevedo, el surfista perfecto, capaz de mantenerse estable con cada cambio de gobierno.  El líder de educación es una de esas figuras nefastas que pueden surgir en una comunidad política.  Una especie de tumor maligno que contamina el organismo y compromete su salud.  Un protagonista que ha logrado sobrevivir y del que el país no ha logrado desembarazarse… hasta ahora.

Como ve, no estamos en jauja.  La podredumbre moral es moneda común entre los politicastros.  El resultado va más allá de la anarquía e inoperatividad del Estado.  La ciudadanía está sola, sin protección ni amparo.  Solo dependiendo de la solidaridad de la población o de “las donaciones” de McDonald cuando llegan tormentas o pandemias.  Esto permite a los fuertes, imponerse a los débiles que es lo que hace el sistema bancario, por ejemplo, abusando de los cuentahabientes.  Nunca será demasiado hablar de la arbitrariedad y opacidad del sistema financiero, pero de eso hablaremos otro día.

Publicado por Eduardo Blandón

Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo.

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