Relaciones conflictivas

El miedo me viene de mi padre. De lo autoritario que era. Escribí Mi lucha para liberarme de él, y no sé si lo he conseguido. Pero sí he entendido que la vida tiene reglas, y la literatura no, que hay una vulnerabilidad esencial en lo literario que permite desmantelarlo todo. En ese sentido, la literatura es lo opuesto al fascismo, y a cualquier sistema. Es un no sistema, un espacio de libertad en el que todo es posible”.  Karl Ove Knausgård

La influencia de un padre sobre sus hijos es un hecho cargado de misterio, pero muy real.  Demasiado.  Lo atestigua la psicología que no deja de martillar el significado profundo de la paternidad y no menos aún la literatura que desde el relato (a veces a manera de ficción y otras, autobiográfica) se aproxima a una experiencia polivalente que incide en sus protagonistas.

Kafka, por ejemplo, establece las relaciones asimétricas con su padre y la conflictividad que lo aplasta en detrimento del desarrollo de su personalidad.  Frente a él se siente en desventaja y no deja de reprocharle el resultado en su espíritu: cierta melancolía, temor y, por supuesto inseguridad. 

Queridísimo padre, escribe Kafka, “hace poco me preguntaste por qué digo que te tengo miedo. Como de costumbre, no supe darte una respuesta, en parte precisamente por el miedo que te tengo, en parte porque para explicar los motivos de ese miedo necesito muchos pormenores que no puedo tener medianamente presentes cuando hablo. Y si intento aquí responderte por escrito, sólo será de un modo muy imperfecto, porque el miedo y sus secuelas me disminuyen frente a ti, incluso escribiendo, y porque la amplitud de la materia supera mi memoria y mi capacidad de raciocinio”.

Puede que la literatura exprese esa necesidad freudiana de matar al padre como condición de madurez, pero también revela la urdimbre relacional en la que no pocas veces los hijos salen lastimados.  A veces simplemente por su ausencia, como cuando Juan Rulfo en su Pedro Páramo dice con desprecio: “Vine a Comala porque me dijeron que aquí vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”.

Paul Auster es otro escritor que aborda la relación paterna, pero no solo para explicar el daño infligido sobre propia vida, sino para exorcizar la maldad anidada como herencia maldita en su carácter.  La escritura, según Auster, no fue nada fácil, pero lo consiguió dejándonos un relato conmovedor. 

Era de una neutralidad tan implacable, su conducta era tan absolutamente predecible, que todo lo que hacía resultaba sorprendente. Uno no podía creer que existiera un hombre así, sin sentimientos, que esperara tan poco de los demás. Pero si no existía ese hombre, entonces había otro, un individuo oculto tras aquel que no estaba allí, y el asunto es encontrarlo. Siempre y cuando esté ahí para que uno lo encuentre. Desde el principio reconozco que este proyecto está destinado al fracaso”.

Mucha tinta ha sido necesaria para expresar una relación tan sui generis como la de padres e hijos.  Lo demuestra recientemente la obra voluminosa del escritor Karl Ove Knausgård que, en “Mi lucha”, con más de 3,600 páginas, que ofrece el panorama de una vida pletórica de irregularidades, muchas de ellas causadas por los accidentes de su propio padre.  Lo dramático es que la vida nos lleva a repetir las infamias sin que apenas podamos modificar el guion reproducido como condena.

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