Impúdicos

El problema de involucrarse en el universo de nuestra política consiste en la facilidad de transgredir.  Alguno me dirá que existe la posibilidad de salir invicto de semejante aventura ética.  Lo acepto.  Sin embargo, esto no disminuye el alto riesgo de los osados en ese tipo de experiencia extrema.  Sí, existe la probabilidad de que se den excepciones, pero es solo eso, casos aislados.

No creo que algunos se corrompan por maldad congénita, sino por un contexto (arcas abiertas, le dicen) en el que todo está dado para pequeños o grandes deslices.  Ya sabe, viáticos, nepotismos, mordidas, timos… el sistema facilita muchas triquiñuelas en las que escapar es tarea de titanes.  Sin olvidar los malévolos consejeros que muy prestos, como galgos, esperan vigilantes la presa.

Es que además vivimos tiempos adversos.  La cultura premia al osado, al aventurero y audaz.  Se considera tonto al que, teniendo oportunidades de enriquecimiento veloz, las deja pasar.  “No seas tonto, por algo Dios te puso en ese puesto. Es ahora o nunca”.  Ya ve cómo hasta la deficiente formación cristiana nos puede afectar sin que apenas nos demos cuenta. Retorciendo lo retorcible para autojustificar la perversión.

Todo conspira y estimula el latrocinio y los abusos.  Cómo sustraerse cuando la televisión (Netflix y demás) abren el apetito de consumo.  Los modelos de éxito son esas personas que gastan a mansalva, viajan y disfrutan de la vida con mujeres hermosas.  Gozan de reputación y tienen poder. Son respetables y viven en un mundo de comida abundante y experiencia opípara.  Los entiendo.  Cuán difícil es ser incorruptible en plena era de la posverdad.

Porque, además, la filosofía ha abierto un horizonte donde casi todo (¿o todo?) es virtualmente posible.  Ya no hay dioses que opriman con esas anacrónicas “tablas de la ley”, “decálogos” o sistema de normas rígidas.  La humanidad vive días de madurez -así se dice- lejos de antiguallas religiosas.  Somos libres y capaces de actuar según nuestros propios códigos, sin que la clerecía nos adoctrine y controle nuestras conciencias.

Ya ve cómo todo abona.  Estamos expuestos a una especie de ley moral que nos lleva por caminos de maldad.  Más aún cuando la mayor parte de quienes se involucran en política son ya de moral viciada.  Hombres y mujeres inescrupulosos con el objetivo claro y manifiesto de enriquecerse, robar y transgredir “sin tantita pena”.  Ya no “asesinos por naturaleza” como se llamaba aquella famosa película de Oliver Stone, “Natural Born Killers”, sino “capos congénitos”, desviados, perversos, hijos legítimos del mismísimo Belcebú.

Sí, no es fácil no transgredir en el estercolero político.  La mierda es demasiado rebosante y maloliente para no ser afectado por la inmundicia.  Aún así nos invitan a votarlos en las elecciones.  Algo así como “ven, no seas malo, llénate un poco de caca. Confía en mí”.  Qué audacia la nuestra al asistir a un acto tan impúdico.  Y ya viene infortunadamente ese día.

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