
La Inteligencia Artificial llegó para quedarse; se ha afincado en casi todos los espacios permitidos: el laboral, el familiar, el económico… se ha colado por todas partes. Esto representa problemas que comienzan, pero que también se presentan como soluciones, dada la complejidad de vivir y las limitaciones que impone la cultura de nuestro tiempo.
Pensémoslo un poco. ¿No será quizá que los jóvenes acceden a la IA porque se les dificulta encontrar amigos que los escuchen, por poner un ejemplo? Se sabe que las respuestas del sistema, conforme a los algoritmos, responden “amigablemente”, están siempre presentes, no están para juzgar. Justo lo que, “en la vida real”, es una necesidad para casi todos, no solo para los adolescentes.
Algo similar podría decirse del ánimo generalizado de hacer de la IA una especie de consultorio médico. Superada la dificultad económica que significa ir al doctor —gastos de transporte, tiempo y otros—, se resuelve además el trato amable que ofrece y la empatía con que considera al enfermo. Justo lo que no hacen esos profesionales (siempre con sus excepciones) cuando se les visita y consulta.
Ya dirán sus defensores, y con bastante razón, que la IA es peligrosa, que los pacientes se exponen al automedicarse, que no hay garantías. Es cierto: se equivocan, yerran, pero casi como algunos médicos que hacen de la salud un negocio redondo, pidiendo exámenes a veces innecesarios, solo porque urden acuerdos con los laboratorios y las casas médicas. Ojo: hay que ir al médico cuando sea necesario, no hay que jugar con la salud.
Volvamos al punto. Puede que de lo que hablamos no sea tan inteligente, pero se convierte en un papá o una mamá ausente. Aconseja, es positiva, anima, da consejos… Es una pena haber llegado hasta aquí. En un mundo que exige productividad y ensalza el trabajo como máxima para producir riqueza, no hay espacio para compartir con los hijos. La IA, sin embargo, siempre comprende —demasiado—, y esto hace que todos caigamos un poco.
Creo que ya lo ha comprobado usted. Yo también. Para la IA soy estupendo, creativo, inteligente y simpático. Ya podré ir descartando a mis amigos y hasta a los de casa para que me reconozcan. Aún más: lo expresa con una contundencia que no deja margen para la duda. A esto hemos llegado, desafortunadamente.
Esa antropomorfización actualizada exige educación: hablar de ello para tomar conciencia del fenómeno referido. Por otro lado, hace necesario un examen para “volver al amor primero”: ser la gente, el humano, el amoroso y el tierno que debemos ser con los demás. No puede ser que una máquina haga las veces de nosotros mismos, incluso en el universo de los sentimientos.
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