El Rostro de la Hipocresía: Reflexiones sobre la Moralidad Contemporánea

Frente a la computadora redacto un acta y veo su nombre, debo consignarlo porque algo dijo o tiene que hacer. Me crispo. Mi cabeza dibuja su figura, hay algo en él que me inquieta. No es su rostro, ya de por sí desafortunado, es su carácter, su arrogancia, su estupidez global. Quizá no tanta, pero sí su catadura moral.

Ha llegado lejos, me dicen. ¿Cómo? Supongo que tendrá sus gracias, pero estoy seguro de que no corresponden a su talante mismo, sino a factores casuales. Para su suerte, en nuestra sociedad lo externo, lo ajeno, lo circunstancial, cuentan mucho todavía y en él, claramente, ha sido un elemento decisivo para su «éxito».

Por una especie de masoquismo he repasado sus fotos en las redes. Y de pronto veo a los que le rodean, sonríen, se abrazan, parecen sinceros. No lo son, lo saben. Sus gestos son fingidos, igual que sus risas. En ellos media el interés. Son gente plana, abrazadas al lucro y a la ventaja, sin humanismo, practicantes de una moralidad hueca que expresan complacientes con los demás.

Y que conste que son sujetos educados, formados en la tradición de la más rancia escolástica en colegios, la mayoría, católicos. Han ido a retiros y doy fe que a misa también. Reciben la comunión como niños de primaria. Pero son almas divididas, esquizofrénicas, enfermas, habituados al doble discurso de un cristianismo nunca asumido.

Son afortunados, la calidad ontológica de sí mismos la ignoran. Aunque se sienten listos. Miden el tamaño de su cerebro por el dinero en el banco. Olvidan sus triquiñuelas, los negocios oscuros y las ventajas de su posición. Son maniqueos, en su imaginario solo hay vencedores y vencidos, se figuran Atilas. Pisan y repisan, por necesidad, por deporte.

Regreso a mi tarea y aunque quiero concentrarme no lo hago. Vuelvo a él y lo represento un luchador por los valores de la familia, el odio al globalismo y la defensa de la libertad. Se siente cómodo con la derecha, aunque públicamente, si conviene, se muestra democrático. Puede que desconozca que es fascista, el autoritarismo le va bien, lo justifica, su dios es también violento.

Esa actitud arbitraria es su insignia. La practica con democracia, en casa, con sus amigos, en el trabajo. Para el cristiano que es él, la bondad es para los débiles. No ha leído a Maquiavelo, pero comparte las pocas frases que ha oído. En su oficio no es necesaria tanta ilustración, el mundo es de los audaces, no de los holgazanes de escritorio. Es un virtuoso de la ignorancia.

Es lo que hay. La pluralidad, sin embargo, a veces requiere atención. La taxonomía necesaria del zoológico humano. Más allá de ello, la distancia prudente de esos grises que afean nuestras vidas. Es estética, política, moral y salud. Ponernos a salvos del naufragio de los que están casi muertos.


Descubre más desde El Rincón de Blandón

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Publicado por Eduardo Blandón

Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo.

Deja un comentario