
La guerra a muerte entre Israel y el grupo armado Hamás en la Franja de Gaza es una tragedia que hay que detener. Para ello, de momento me parece inútil la búsqueda de responsables porque no contribuiría al diálogo que daría pausa a la carnicería entre ambos. En su lugar, lo oportuno sería tranquilizar a las partes mediante la búsqueda de opciones que reduzca el continuo derramamiento de sangre que amenaza con extenderse en la región.
Nada sucederá, sin embargo, si las naciones (fundamentalmente los Estados Unidos y los países de Europa) se convierten en testigos pasivos que participan como espectadores desde la retórica vacía. Lo urgente es, al tiempo de insistir en la narrativa de paz, incidir para que los actores que luchan depongan las armas para la búsqueda de una salida negociada.
Es evidente que no es tarea fácil por la envergadura de los hechos que derivaron el estado de enfrentamiento, pero es la única posibilidad para evitar más muertes en ambos lugares de la frontera. Ninguno de los civiles se merece el trato despiadado que hasta ahora han recibido a causa de las actividades bélicas que pone en peligro también la paz mundial.
Israel tiene una responsabilidad particular por la superioridad de su capacidad armamentística. Si bien el argumento de autodefensa justificaría muchas de sus ataques, debe también moderarse para no cometer atrocidades de las que podría arrepentirse al violentar indiscriminadamente a la población. A la vez, merece considerar que actos similares al genocidio dificultaría a futuro las condiciones de diálogo, necesarios para la convivencia en la región.
Ya sé que lo que tiene entre manos el Estado israelí es delicado, pero es lo exigible desde fuera, según los requerimientos que protejan la seguridad y la dignidad de las comunidades afectadas. Por eso insisto en que el llamado a la sensatez exige dosis de virtud, en horas en que la sensibilidad está herida por hechos injustificables cometidos por agentes del terror.
La izquierda y la derecha internacional tienen que estar atentos en refrenar su apetito malsano mediante una crítica que aticen los hechos bélicos. Las voces honestas deben concentrarse, reitero, en la recuperación del diálogo político en favor de una tregua que dé salida a la situación traumatizante que viven las poblaciones que sufren las consecuencias de la guerra.
Mientras eso sucede, el concierto de naciones debe contribuir con planteamientos que superen las iniciativas desgastadas. Reimaginar proyectos de convivencia desde fórmulas políticas creativas. Reconocer las exigencias que tanto los israelíes como los ciudadanos gazatíes plantean como derecho a vivir en paz.
Hacer lo contrario solo es afirmar la lógica de la imposición como recurso fundado en la insensatez. Contra ello, cobra sentido el llamado a la discusión política impulsada por espíritus lúcidos y comprometidos con lo humano. La narrativa civilizada que demuestre el tránsito a un espíritu digno del grado de superioridad filosófica y científica de nuestros tiempos.
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