Profesores y profesión docente

«Tan solo por la educación puede el hombre llegar a ser hombre. El hombre no es más que lo que la educación hace de él».

Immanuel Kant

Vivir es recorrer un camino a tientas abierto a posibilidades.  Nunca se sabe, el misterio lo cubre todo en una especie de azar que algunos cumplen con mejor suerte.  En ese escenario, el peso de quienes nos rodean es fundamental y son el mayor condicionante de nuestras venturas y fatalidades.

Uno de esos actores principales son los maestros.  A ellos les corresponde no solo enseñarnos los rudimentos del saber, alfabetizarnos en las letras, las matemáticas y las ciencias naturales, sino humanizarnos a través de la disciplina, la gestión de las emociones y la formación del carácter.

La tarea es descomunal, una actividad de envergadura en la que algunos reprueban por ineptitud, inmadurez y hasta por falta de voluntad.  Así, cuando la sociedad delega con descuido a sus preceptores, expone a las nuevas generaciones a un ambiente que no abona en el desarrollo de la personalidades.  Un mal profesor semeja al médico incapaz que destroza vidas en el ejercicio de su profesión.

Los padres tampoco son finos, muy ocupados en la racionalización del uso del dinero, a veces regatean el salario de los profesores.  Les parece en el fondo que no hay diferencia entre ellos y que al final el producto será siempre igual.  No estiman la educación integral de sus hijos conformándose con la mediocridad que ofrecen las instituciones del sector.  Ellos también son víctimas de la deficiencia del sistema y su mezquindad es la mejor expresión.

Eso hace que la memoria evoque con frecuencia a los buenos maestros, los preceptores que por instruir y educar se constituyeron en arquitectos de espíritus.  Sí, tenían talento para la construcción de proyectos humanos, pero sobre todo la mística traducida en ternura, atención y benevolencia.  Aunque estrictos, sabían corregir sin humillar ni afectar la autoestima.

Como sociedad deberíamos reflexionar más en la función docente, pero sobre todo practicar la prodigalidad con ellos.  Reconocerles, gratificarles y valorarles. Expresar nuestra magnanimidad en todas sus formas, también con un salario decoroso y una estima cordial sincera.

Comenzar con esto significaría una conversión de mentalidad, la renuncia al egoísmo que nos impide ver la necesidad de los otros.  Afirmaría un cambio de horizonte según la lógica capitalista que reduce la realidad a la ventaja y al lucro.  Resituaría la labor docente donde corresponde, en el sitial de honor de los grandes oficios y responsabilidades en una sociedad civilizada.

Adiós profesor. Episodio de «Los años maravillosos».

Publicado por Eduardo Blandón

Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo.

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